domingo, 1 de marzo de 2026

Intenciones cortas y guerras largas

 Artículo publicado en el periódico Ideal, febrero de 2026

Las guerras valen la pena no empezarlas porque su inercia puede

llevar a catástrofes millonarias en costes personales y económicos.

El punto de partida suele abrigar la creencia, en los estudios previos

de los estrategas, de que la guerra va a ser corta. Las cuentas siempre

cuadran en los tableros de los estados mayores.

Cuando los mapas y las maquetas empiezan a materializarse fuera de

la mente siempre hay una gran distancia entre el algoritmo y el mundo

real.



Hitler pensó que su guerra de blindados iba ser corta y duró seis años

y muchos millones de muertos. Napoleón, pensaba en los mismos

términos y sus guerras relámpago se estrellaron contra guerrillas y

partisanos.

El “modus operandi” de Japón logró merendarse China, Corea, el

Sudeste asiático hasta detenerse en las fronteras de la India.

En Ucrania, los planteamientos rusos de limpiar de “nazis” el país en

quince días, fueron muy equivocados, alargándose el conflicto por el

simple hecho de que Putin no es capaz de asimilar una derrota con un

enemigo tan frágil, tan débil, tan triturado.


Esa guerra como la de Gaza, generan un odio tan profundo que los

responsables piensan que sólo pueden ganar la partida por el exterminio

del adversario. Los adversarios no se exterminan tan fácilmente,

especialmente cuando un tótem ideológico o teocrático les empuja.

Es el caso de Afganistán, el Estado Islámico o Corea.

La alternativa es doble, algunas veces da resultado: integrar al

enemigo o negociar con él.

Todo depende de la magnitud del odio y de la inteligencia de los

artífices de aquella guerra que parecía corta y no acaba nunca.

El poder ¿corrompe?

 Artículo publicado el el periódico Ideal, febrero de 2026


El poder, se presenta a veces como una fuerza física.

En una guerra, un misil tiene un impacto mecánico semejante a un rayo.

Zeus aparece en la mitología con su panoplia de rayos y el Dios del Sinaí

hace temblar desde la altura del monte a la bajura del pueblo.

Los hombres siempre han aspirado a ser como dioses y algunos,

aunque parece inverosímil, su divinidad resiste a las alergias, gripes y

trancazos.



El poder público es una herramienta que el pueblo proporciona al

Estado para que, votando los impuestos, administre los dineros para el

bien común.

A partir de aquí y siguiendo la sentencia clásica de que “no hay

principio sin príncipe”, caemos en la cuenta de que el Estado no funciona

solo como una lavadora o una cosechadora, sino que el poder lo da el

pueblo a personas concretas: jueces, diputados y ejecutivos, personas de

carne y hueso.

En el Occidente civilizado, el pueblo concede poder a unas personas

y les proporciona auctoritas, competencia y legitimidad.

La legitimidad convierte al político en algo separado del pueblo con la

mágica función de aprobar leyes, juzgar conductas y ejecutar los dineros

que el pueblo ha puesto en sus manos.

La corrupción como una yedra se ensambla con el poder en sus

distintos gradientes.



En el nivel más bajo cuando se amañan las elecciones, en el segundo

nivel, cuando los diputados no votan en conciencia sino al interés de los

líderes de los partidos y cuando las leyes que rigen para todos sirven al

interés de unos pocos, lo mismo cuando los jueces se rigen por criterios

políticos y no jurídicos.

Si subimos más arriba en esta cadena de legitimidades, cuando el

líder elige como ministros a sus amigos más que a los competentes. En

este caso, estamos ante un síntoma de mentalidad autoritaria en donde el

Poder se convierte en propiedad privada del Presidente y del colectivo de

los ministros.

Es corrupto el Gobierno que se mantiene en el Poder cuando no

consigue aprobar presupuestos como obliga la Constitución.

Todas estas grietas en la legitimidad, son más bien estructurales,

toman formas de prevaricación y malversación, abuso de poder, etc. Son

estructurales porque dan lugar a hábitos colectivos y que suelen

justificarse con la excusa de que “lo hacen todos”, como en el caso de las

mordidas y comisiones.

¿Cómo afronta el Poder su propia corrosión interna? Con el silencio y

la propaganda: Se ocultan las grietas con el celofán de la propaganda, y

se asciende a los más corruptos o se integra el Estado en la Internacional

de la corrupción en donde todos cubren a todos.

La evidencia de la corrupción es un potente foco que revela como la

Ética sin moral personal es una cobertura de la corrupción que trabaja

siempre para aparentar como verdad, la legalidad frente a la moralidad

dando lugar a que los corruptos vayan desplazando a los honrados de las

esferas del Poder.