Artículo publicado en el periódico Ideal, septiembre de 2026
Hay dos maneras de considerar la vida: Desde el punto de vista del
tiempo y por tanto a través de la memoria o fuera del tiempo, a través del
punto de mira del instante.
En general, el adulto maduro, juzga la vida teniendo en cuenta la
experiencia temporal y por eso mismo planifica su futuro y aprende de su
pasado. Puede encontrar un problema en dicha experiencia y es ceder a
la pereza de detenerse en un instante feliz o desgraciado y tender a
perpetuarlo, incluso aunque se trate de un duelo. En el duelo -lamerse las
heridas- se siente víctima, centra la atención de todos, es alguien.
Los jóvenes carecen de experiencia y sólo tienen como guardián el
temor. El miedo a lo desconocido, el imaginar que lo desconocido es un
mal inminente o hasta mortal, le hace pensar dos veces antes de lanzarse
a vivir.
Hay jóvenes que son audaces e imprudentes y quieren demostrar a
los demás y así mismos que son capaces, bravos y como suele decirse
“no se lo piensan dos veces”.
La timidez y la audacia en este sentido, son bastante genéticos y
tienen sus ventajas y desventajas. El tímido puede bloquearse y no
aprender de la vida, pero el audaz puede estrellarse y no aprender que
hay que pensar antes de actuar. El temor es un acicate para pensar que
hay que hacer y pensarlo racionalmente, la audacia tiene sentido cuando
hay que vencer el bloqueo y avanzar.
La juventud, en los países desarrollados, tiene el riego de “perder el
tiempo”.
Perder el tiempo -piensan ellos- es aprovecharlo, sacarle partido, en
lo divertido, en lo placentero, en lo emocionante.
“Perder el tiempo” es una categoría que se mide por la finalidad que
atribuimos a nuestros actos. Si nuestro objetivo es precisamente “perder
el tiempo”, lo conseguimos fácilmente. Habitualmente la gente que pierde
el tiempo suele engañarse a sí misma, pensando que ya tendrá tiempo
para recuperarlo, pero no siempre cuenta con el favor del tiempo.
El tiempo perdido no vuelve, hablando en general. Ocurre, entonces
que te encuentras a los cuarenta años con una edad psicológica de 18.
El riesgo del joven es sestear sobre el instante feliz y cuando se
acaba, caben dos salidas: salir a buscarlo a repetirlo, cayendo en la
adicción, o ir adquiriendo memoria del futuro y administrar los tiempos
con cabeza.
Los padres y los maestros pueden preparar el camino para que sus
hijos no pierdan el tiempo, educándoles desde el principio en valerse por
sí mismo, aprender las reglas elementales de educación, en el trato con
los demás y en el suyo propio, en proponerles ideales de vida para
cuando sean jóvenes y mayores, etc.
La vida entendida como una acumulación de momentos felices que
nos proporciona un genio benefactor sólo se lo puede permitir un niño de
padres ricos y permisivos, es decir sin sentido de responsabilidad. Esa
modalidad de vida acaba siempre mal, porque el niño se acostumbra a no
servir y esto lleva a no servir para nada.
El secreto para evitar la desgracia del hijo es habituarle a servir a los
demás, de ahí la ventaja de las familias numerosas.
Dado que la felicidad se adquiere mediante la adquisición de hábitos
buenos, el ponerse a recuperar el tiempo perdido cuando ya se está
pensando en la jubilación, es posible, pero no fácil.
Una familia en la que los cónyuges entienden su felicidad en
separado ya no tienen tiempo para educar y delegan en el Colegio.
La buena educación no se paga con dinero sino con atención
personal, afectuosa, no agobiante.