domingo, 12 de abril de 2026

Paz y paciencia del Redentor

 Artículo publicado en el mes de abril de 2026

El vestido es un signo de la dignidad del hombre y de la mujer. En

el vestido y en el modo de llevarlo, se refleja la personalidad de cada cual.

La complicación de la mente o la sencillez de la prenda, nos definen más

que un certificado del Registro.

                            

Jesús de Nazaret fue privado de sus vestidos tres veces, la víspera de

la Pascua como se limpia de lana a los corderos antes de la matanza.

Mientras le azotaban, su sangre salpicaba las paredes, donde se

mezclaba con otras sangres de otros muchos.

Luego, volvieron a vestirle como a un rey de burlas, con la púrpura

regia, la caña a guisa de cetro y la corona de espinas. Le vendaron los

ojos y los soldados se turnaban en abofetearle mientras decían: “¿Quién

te dio, profeta”?

Jesús, sin embargo, callaba.



No exigía, ni siquiera se quejaba, sólo callaba.

El procedimiento es el que, a lo largo de los siglos, se ha empleado

con los delincuentes en los calabozos donde no rige el Derecho.

Luego, en una escena para la historia, presentan al pueblo al Hijo de

Dios: “¡Aquí tenéis a vuestro hombre!”

El propio Pilato, dirá a los representantes históricos del pueblo: pero

“¿Qué mal ha hecho?” Confirma pues, desde el Derecho romano que

Jesús es inocente.

A continuación, le quitaron, por segunda vez, las ropas con que le

escarnecieron y volvieron a ponerle las propias.

Concluye el Gobernador: “Soy inocente de la sangre de este justo”.

En realidad, se declara juez y parte.

Pilato no quiso echar mano de las tropas antidisturbios, porque era

políticamente más correcto ejecutar a un solo hombre que no amotinar al

pueblo, lo que acabaría sabiéndose en Roma, cuya ira recaería en él

mismo.

Tremenda la exclamación de la turba que sonaba más como un coro

griego: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”

Llegados al pequeño montículo fuera de la ciudad, en un cruce de

caminos, donde las ejecuciones eran más visibles, volvieron a despojarle

de sus vestiduras habituales y sin más protocolos, se las repartieron sin


vergüenza porque no sabían que les contemplaba la historia, en una

gigantesca pantalla de espacio-tiempo.

Desde la altura, sólo entonces, abrió la boca, la razón eterna: “Padre,

perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Y allí, estábamos todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario