domingo, 12 de abril de 2026

Hechos y normas

Artículo publicado en el mes de abril de 2026

Ursula von der Leyen, Presidenta de la UE, ha matizado una

afirmación que sentó mal en Europa, dando por buena la situación fáctica,

la nueva era que inauguró Trump.



No se podía -dijo- mantener las normas obsoletas del Derecho

Internacional y dar la espalda a los hechos.

En la vieja Europa de la Doctrina Wilson y la “paz perpetua” que

mantiene la ONU, esta declaración, suena a funeral por el alma de Grozio

y los creadores del Derecho natural racionalista.

Desde el Tratado de Westfalia, Europa se ha hecho la ilusión de que la

política se guiaba por la pura razón, la educación y la cortesía liberal,

reflejo de la fraternidad universal.

El siglo XX que nos ha proporcionado tanto progreso, bienestar

material y unos intervalos de paz en zonas privilegiadas del planeta, nos

ha legado las guerras más letales y la mayor cantidad de muertos desde

el Neolítico hasta nuestros días.

¿Es ya obsoleto el Derecho Internacional? ¿Qué quiere decir

“obsoleto”?

Obsoleto quiere decir, fuera de la realidad, desusado, que no funciona

en la práctica.

Depende del nivel de la perspectiva con que consideremos la

cuestión.

El Estado de Derecho, las libertades fundamentales, “el habeas

corpus”, todavía son una realidad en la mayor parte de Europa y América.

El problema es hasta cuándo va a durar el “todavía”.

Los demócratas de Estados Unidos prolongan la tradición liberal y

progresista de Occidente, pero hay tres factores que les han puesto fuera

de juego: el terrorismo islámico desde el 11S, las migraciones y el pacto

de todas las guerrillas y los cárteles de la droga contra la democracia

americana, contra la democracia en general.

Entre estos elementos, la droga hace el papel de financiera universal.

¿Qué tiene de malo que los ciudadanos se gobiernen

democráticamente?

¿Existe para los seres humanos un gobierno que proporcione mayor

bienestar que el democrático?

Desde que triunfó el liberalismo con la revolución industrial, el

socialismo repite la respuesta: la democracia formal es universal, pero la

democracia real es para unos pocos.


¿De qué sirve imponer la democracia en Afganistán, si las

costumbres tradicionales son las normas que funcionan de hecho?

Haría falta una Ilustración en cada uno de esos países.

Si las normas democráticas se imponen contra las costumbres, eso

sólo se ha intentado conseguir mediante guerras, lo que evidentemente

contradice los ideales de la democracia que se cumple en el interior de

USA. pero que no funciona en las relaciones internacionales.

Nos hacemos la ilusión de que todo va más o menos bien dentro de

casa, pero en cuanto miramos al exterior sólo la presión económica y la

guerra son las “formas”, habituales de comunicación.

Hay dos modelos de hipocresía política, la del que te controla

cortésmente y la del que lo hace violentamente.

Las democracias fingen, los violentos no engañan, toman en directo

lo que, sin duda, no es suyo.

Paz y paciencia del Redentor

 Artículo publicado en el mes de abril de 2026

El vestido es un signo de la dignidad del hombre y de la mujer. En

el vestido y en el modo de llevarlo, se refleja la personalidad de cada cual.

La complicación de la mente o la sencillez de la prenda, nos definen más

que un certificado del Registro.

                            

Jesús de Nazaret fue privado de sus vestidos tres veces, la víspera de

la Pascua como se limpia de lana a los corderos antes de la matanza.

Mientras le azotaban, su sangre salpicaba las paredes, donde se

mezclaba con otras sangres de otros muchos.

Luego, volvieron a vestirle como a un rey de burlas, con la púrpura

regia, la caña a guisa de cetro y la corona de espinas. Le vendaron los

ojos y los soldados se turnaban en abofetearle mientras decían: “¿Quién

te dio, profeta”?

Jesús, sin embargo, callaba.



No exigía, ni siquiera se quejaba, sólo callaba.

El procedimiento es el que, a lo largo de los siglos, se ha empleado

con los delincuentes en los calabozos donde no rige el Derecho.

Luego, en una escena para la historia, presentan al pueblo al Hijo de

Dios: “¡Aquí tenéis a vuestro hombre!”

El propio Pilato, dirá a los representantes históricos del pueblo: pero

“¿Qué mal ha hecho?” Confirma pues, desde el Derecho romano que

Jesús es inocente.

A continuación, le quitaron, por segunda vez, las ropas con que le

escarnecieron y volvieron a ponerle las propias.

Concluye el Gobernador: “Soy inocente de la sangre de este justo”.

En realidad, se declara juez y parte.

Pilato no quiso echar mano de las tropas antidisturbios, porque era

políticamente más correcto ejecutar a un solo hombre que no amotinar al

pueblo, lo que acabaría sabiéndose en Roma, cuya ira recaería en él

mismo.

Tremenda la exclamación de la turba que sonaba más como un coro

griego: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”

Llegados al pequeño montículo fuera de la ciudad, en un cruce de

caminos, donde las ejecuciones eran más visibles, volvieron a despojarle

de sus vestiduras habituales y sin más protocolos, se las repartieron sin


vergüenza porque no sabían que les contemplaba la historia, en una

gigantesca pantalla de espacio-tiempo.

Desde la altura, sólo entonces, abrió la boca, la razón eterna: “Padre,

perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Y allí, estábamos todos.

domingo, 1 de marzo de 2026

Intenciones cortas y guerras largas

 Artículo publicado en el periódico Ideal, febrero de 2026

Las guerras valen la pena no empezarlas porque su inercia puede

llevar a catástrofes millonarias en costes personales y económicos.

El punto de partida suele abrigar la creencia, en los estudios previos

de los estrategas, de que la guerra va a ser corta. Las cuentas siempre

cuadran en los tableros de los estados mayores.

Cuando los mapas y las maquetas empiezan a materializarse fuera de

la mente siempre hay una gran distancia entre el algoritmo y el mundo

real.



Hitler pensó que su guerra de blindados iba ser corta y duró seis años

y muchos millones de muertos. Napoleón, pensaba en los mismos

términos y sus guerras relámpago se estrellaron contra guerrillas y

partisanos.

El “modus operandi” de Japón logró merendarse China, Corea, el

Sudeste asiático hasta detenerse en las fronteras de la India.

En Ucrania, los planteamientos rusos de limpiar de “nazis” el país en

quince días, fueron muy equivocados, alargándose el conflicto por el

simple hecho de que Putin no es capaz de asimilar una derrota con un

enemigo tan frágil, tan débil, tan triturado.


Esa guerra como la de Gaza, generan un odio tan profundo que los

responsables piensan que sólo pueden ganar la partida por el exterminio

del adversario. Los adversarios no se exterminan tan fácilmente,

especialmente cuando un tótem ideológico o teocrático les empuja.

Es el caso de Afganistán, el Estado Islámico o Corea.

La alternativa es doble, algunas veces da resultado: integrar al

enemigo o negociar con él.

Todo depende de la magnitud del odio y de la inteligencia de los

artífices de aquella guerra que parecía corta y no acaba nunca.

El poder ¿corrompe?

 Artículo publicado el el periódico Ideal, febrero de 2026


El poder, se presenta a veces como una fuerza física.

En una guerra, un misil tiene un impacto mecánico semejante a un rayo.

Zeus aparece en la mitología con su panoplia de rayos y el Dios del Sinaí

hace temblar desde la altura del monte a la bajura del pueblo.

Los hombres siempre han aspirado a ser como dioses y algunos,

aunque parece inverosímil, su divinidad resiste a las alergias, gripes y

trancazos.



El poder público es una herramienta que el pueblo proporciona al

Estado para que, votando los impuestos, administre los dineros para el

bien común.

A partir de aquí y siguiendo la sentencia clásica de que “no hay

principio sin príncipe”, caemos en la cuenta de que el Estado no funciona

solo como una lavadora o una cosechadora, sino que el poder lo da el

pueblo a personas concretas: jueces, diputados y ejecutivos, personas de

carne y hueso.

En el Occidente civilizado, el pueblo concede poder a unas personas

y les proporciona auctoritas, competencia y legitimidad.

La legitimidad convierte al político en algo separado del pueblo con la

mágica función de aprobar leyes, juzgar conductas y ejecutar los dineros

que el pueblo ha puesto en sus manos.

La corrupción como una yedra se ensambla con el poder en sus

distintos gradientes.



En el nivel más bajo cuando se amañan las elecciones, en el segundo

nivel, cuando los diputados no votan en conciencia sino al interés de los

líderes de los partidos y cuando las leyes que rigen para todos sirven al

interés de unos pocos, lo mismo cuando los jueces se rigen por criterios

políticos y no jurídicos.

Si subimos más arriba en esta cadena de legitimidades, cuando el

líder elige como ministros a sus amigos más que a los competentes. En

este caso, estamos ante un síntoma de mentalidad autoritaria en donde el

Poder se convierte en propiedad privada del Presidente y del colectivo de

los ministros.

Es corrupto el Gobierno que se mantiene en el Poder cuando no

consigue aprobar presupuestos como obliga la Constitución.

Todas estas grietas en la legitimidad, son más bien estructurales,

toman formas de prevaricación y malversación, abuso de poder, etc. Son

estructurales porque dan lugar a hábitos colectivos y que suelen

justificarse con la excusa de que “lo hacen todos”, como en el caso de las

mordidas y comisiones.

¿Cómo afronta el Poder su propia corrosión interna? Con el silencio y

la propaganda: Se ocultan las grietas con el celofán de la propaganda, y

se asciende a los más corruptos o se integra el Estado en la Internacional

de la corrupción en donde todos cubren a todos.

La evidencia de la corrupción es un potente foco que revela como la

Ética sin moral personal es una cobertura de la corrupción que trabaja

siempre para aparentar como verdad, la legalidad frente a la moralidad

dando lugar a que los corruptos vayan desplazando a los honrados de las

esferas del Poder.