Artículo publicado el el periódico Ideal, febrero de 2026
El poder, se presenta a veces como una fuerza física.
En una guerra, un misil tiene un impacto mecánico semejante a un rayo.
Zeus aparece en la mitología con su panoplia de rayos y el Dios del Sinaí
hace temblar desde la altura del monte a la bajura del pueblo.
Los hombres siempre han aspirado a ser como dioses y algunos,
aunque parece inverosímil, su divinidad resiste a las alergias, gripes y
trancazos.
El poder público es una herramienta que el pueblo proporciona al
Estado para que, votando los impuestos, administre los dineros para el
bien común.
A partir de aquí y siguiendo la sentencia clásica de que “no hay
principio sin príncipe”, caemos en la cuenta de que el Estado no funciona
solo como una lavadora o una cosechadora, sino que el poder lo da el
pueblo a personas concretas: jueces, diputados y ejecutivos, personas de
carne y hueso.
En el Occidente civilizado, el pueblo concede poder a unas personas
y les proporciona auctoritas, competencia y legitimidad.
La legitimidad convierte al político en algo separado del pueblo con la
mágica función de aprobar leyes, juzgar conductas y ejecutar los dineros
que el pueblo ha puesto en sus manos.
La corrupción como una yedra se ensambla con el poder en sus
distintos gradientes.
En el nivel más bajo cuando se amañan las elecciones, en el segundo
nivel, cuando los diputados no votan en conciencia sino al interés de los
líderes de los partidos y cuando las leyes que rigen para todos sirven al
interés de unos pocos, lo mismo cuando los jueces se rigen por criterios
políticos y no jurídicos.
Si subimos más arriba en esta cadena de legitimidades, cuando el
líder elige como ministros a sus amigos más que a los competentes. En
este caso, estamos ante un síntoma de mentalidad autoritaria en donde el
Poder se convierte en propiedad privada del Presidente y del colectivo de
los ministros.
Es corrupto el Gobierno que se mantiene en el Poder cuando no
consigue aprobar presupuestos como obliga la Constitución.
Todas estas grietas en la legitimidad, son más bien estructurales,
toman formas de prevaricación y malversación, abuso de poder, etc. Son
estructurales porque dan lugar a hábitos colectivos y que suelen
justificarse con la excusa de que “lo hacen todos”, como en el caso de las
mordidas y comisiones.
¿Cómo afronta el Poder su propia corrosión interna? Con el silencio y
la propaganda: Se ocultan las grietas con el celofán de la propaganda, y
se asciende a los más corruptos o se integra el Estado en la Internacional
de la corrupción en donde todos cubren a todos.
La evidencia de la corrupción es un potente foco que revela como la
Ética sin moral personal es una cobertura de la corrupción que trabaja
siempre para aparentar como verdad, la legalidad frente a la moralidad
dando lugar a que los corruptos vayan desplazando a los honrados de las
esferas del Poder.
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