Artículo publicado en el periódico Ideal, febrero de 2026
Las guerras valen la pena no empezarlas porque su inercia puede
llevar a catástrofes millonarias en costes personales y económicos.
El punto de partida suele abrigar la creencia, en los estudios previos
de los estrategas, de que la guerra va a ser corta. Las cuentas siempre
cuadran en los tableros de los estados mayores.
Cuando los mapas y las maquetas empiezan a materializarse fuera de
la mente siempre hay una gran distancia entre el algoritmo y el mundo
real.
Hitler pensó que su guerra de blindados iba ser corta y duró seis años
y muchos millones de muertos. Napoleón, pensaba en los mismos
términos y sus guerras relámpago se estrellaron contra guerrillas y
partisanos.
El “modus operandi” de Japón logró merendarse China, Corea, el
Sudeste asiático hasta detenerse en las fronteras de la India.
En Ucrania, los planteamientos rusos de limpiar de “nazis” el país en
quince días, fueron muy equivocados, alargándose el conflicto por el
simple hecho de que Putin no es capaz de asimilar una derrota con un
enemigo tan frágil, tan débil, tan triturado.
Esa guerra como la de Gaza, generan un odio tan profundo que los
responsables piensan que sólo pueden ganar la partida por el exterminio
del adversario. Los adversarios no se exterminan tan fácilmente,
especialmente cuando un tótem ideológico o teocrático les empuja.
Es el caso de Afganistán, el Estado Islámico o Corea.
La alternativa es doble, algunas veces da resultado: integrar al
enemigo o negociar con él.
Todo depende de la magnitud del odio y de la inteligencia de los
artífices de aquella guerra que parecía corta y no acaba nunca.
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