Artículo publicado en el periódico Ideal, agosto de 2026
La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ha dado pasos de gigante,
especialmente a partir de S. Juan XXIII que recibió el calificativo
inmerecido de “comunista” por parte de la Derecha y los grandes
detentadores del Capital. Le sigue San Pablo VI, Benedicto XVI y
Francisco que sufrió los mayores epítetos, dado su característico
temperamento.
La DSI, sin embargo, es clara y nítida.
Y ha sido el Papa León XIV quien a propósito de la IA la ha vuelto a
exponer, actualizándola dado el estado actual de la economía y la
tecnología, unidas indisolublemente al capital, como lo viene haciendo
desde el siglo XVIII.
La diferencia esencial y a la vez simple, entre el concepto marxista de
la economía y la DSI, es el concepto de “trabajador”.
Para Marx, el capitalismo liberal absorbe la plusvalía que en buena
parte produce el trabajador y en vez de llegar a un reparto de beneficios,
considera el salario un coste que debe disminuir en favor del beneficio
empresarial. Este planteamiento no tiene nada de revolucionario, sino que
se limita a describir los hechos.
El capitalismo hace del trabajador una pieza de la máquina de generar
riqueza y por exigencias del sistema tiende a generar paro por imperativo
de la ley del máximo beneficio.
La lucha de clases, supone la subsunción de los trabajadores en su
clase y la persona se subsume en la masa sufriente de la humanidad
explotada. Este “hombre masa” no es una persona individual sino aquella
parte de la humanidad que debe sacrificarse por sus hermanos según una
mística revolucionaria. La “masa” es un concepto de la física newtoniana
ligada a la fuerza y a la energía: En la lucha callejera vemos como la
revolución es la suma de “masa” e ideología.
Los papas reconocen desde León XIII, los hechos manifiestos de la
explotación y contemplan en el paro, la creación de un “ejército de
reserva”, que hoy en día, pueden ser los jóvenes, dispuestos a aceptar
cualquier trabajo a cualquier precio.
La visión cristiana de la empresa se centra en lo que se entiende por
fin último de la economía. El “desarrollo integro de todo hombre y de
todos los hombres”.
Mientras el comunismo ve en la lucha de clases un conflicto cósmico
entre el Bien y el Mal que le lleva al exterminio del capitalista en una
guerra sin piedad, la DSI concibe la empresa como una estructura
formada por personas, que son, cada una de ellas, algo sagrado.
Al constituir una empresa el fin no puede ser crear riqueza sino
conseguir el desarrollo integral de todos los miembros de la empresa.
En el planning de las empresas, el objetivo debe ser crear puestos de
trabajo que permitan una vida digna de los trabajadores y sus familias.
Eso hace que el beneficio no sea el fin de la empresa sino el medio.
Es una doctrina que se propone, no se impone y que descarta el
conflicto y la acción violenta.
Si el capitalismo acumula riqueza -hoy más que nunca- para beneficio de
unos pocos, la concepción cristiana pone en el centro la persona, su
progreso y su desarrollo.
La empresa debe nacer con una hipoteca social, con un coeficiente de
gratuidad y un cambio de mentalidad en donde el beneficio es el medio y
la persona es el fin.
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