lunes, 17 de agosto de 2026

¿Un Papa comunista?

 Artículo publicado en el periódico Ideal, agosto de 2026


La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ha dado pasos de gigante,

especialmente a partir de S. Juan XXIII que recibió el calificativo

inmerecido de “comunista” por parte de la Derecha y los grandes

detentadores del Capital. Le sigue San Pablo VI, Benedicto XVI y

Francisco que sufrió los mayores epítetos, dado su característico

temperamento.

La DSI, sin embargo, es clara y nítida.

Y ha sido el Papa León XIV quien a propósito de la IA la ha vuelto a

exponer, actualizándola dado el estado actual de la economía y la

tecnología, unidas indisolublemente al capital, como lo viene haciendo

desde el siglo XVIII.



La diferencia esencial y a la vez simple, entre el concepto marxista de

la economía y la DSI, es el concepto de “trabajador”.

Para Marx, el capitalismo liberal absorbe la plusvalía que en buena

parte produce el trabajador y en vez de llegar a un reparto de beneficios,

considera el salario un coste que debe disminuir en favor del beneficio

empresarial. Este planteamiento no tiene nada de revolucionario, sino que

se limita a describir los hechos.

El capitalismo hace del trabajador una pieza de la máquina de generar

riqueza y por exigencias del sistema tiende a generar paro por imperativo

de la ley del máximo beneficio.

La lucha de clases, supone la subsunción de los trabajadores en su

clase y la persona se subsume en la masa sufriente de la humanidad

explotada. Este “hombre masa” no es una persona individual sino aquella

parte de la humanidad que debe sacrificarse por sus hermanos según una

mística revolucionaria. La “masa” es un concepto de la física newtoniana

ligada a la fuerza y a la energía: En la lucha callejera vemos como la

revolución es la suma de “masa” e ideología.

Los papas reconocen desde León XIII, los hechos manifiestos de la

explotación y contemplan en el paro, la creación de un “ejército de

reserva”, que hoy en día, pueden ser los jóvenes, dispuestos a aceptar

cualquier trabajo a cualquier precio.

La visión cristiana de la empresa se centra en lo que se entiende por

fin último de la economía. El “desarrollo integro de todo hombre y de

todos los hombres”.

Mientras el comunismo ve en la lucha de clases un conflicto cósmico

entre el Bien y el Mal que le lleva al exterminio del capitalista en una

guerra sin piedad, la DSI concibe la empresa como una estructura

formada por personas, que son, cada una de ellas, algo sagrado.

Al constituir una empresa el fin no puede ser crear riqueza sino

conseguir el desarrollo integral de todos los miembros de la empresa.

En el planning de las empresas, el objetivo debe ser crear puestos de

trabajo que permitan una vida digna de los trabajadores y sus familias.

Eso hace que el beneficio no sea el fin de la empresa sino el medio.

Es una doctrina que se propone, no se impone y que descarta el

conflicto y la acción violenta.

Si el capitalismo acumula riqueza -hoy más que nunca- para beneficio de

unos pocos, la concepción cristiana pone en el centro la persona, su

progreso y su desarrollo.

La empresa debe nacer con una hipoteca social, con un coeficiente de

gratuidad y un cambio de mentalidad en donde el beneficio es el medio y

la persona es el fin.

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