domingo, 27 de septiembre de 2026

Perder el tiempo

 Artículo publicado en el periódico Ideal, septiembre de 2026


Hay dos maneras de considerar la vida: Desde el punto de vista del

tiempo y por tanto a través de la memoria o fuera del tiempo, a través del

punto de mira del instante.




En general, el adulto maduro, juzga la vida teniendo en cuenta la

experiencia temporal y por eso mismo planifica su futuro y aprende de su

pasado. Puede encontrar un problema en dicha experiencia y es ceder a

la pereza de detenerse en un instante feliz o desgraciado y tender a

perpetuarlo, incluso aunque se trate de un duelo. En el duelo -lamerse las

heridas- se siente víctima, centra la atención de todos, es alguien.

Los jóvenes carecen de experiencia y sólo tienen como guardián el

temor. El miedo a lo desconocido, el imaginar que lo desconocido es un

mal inminente o hasta mortal, le hace pensar dos veces antes de lanzarse

a vivir.

Hay jóvenes que son audaces e imprudentes y quieren demostrar a

los demás y así mismos que son capaces, bravos y como suele decirse

“no se lo piensan dos veces”.

La timidez y la audacia en este sentido, son bastante genéticos y

tienen sus ventajas y desventajas. El tímido puede bloquearse y no

aprender de la vida, pero el audaz puede estrellarse y no aprender que

hay que pensar antes de actuar. El temor es un acicate para pensar que

hay que hacer y pensarlo racionalmente, la audacia tiene sentido cuando

hay que vencer el bloqueo y avanzar.

La juventud, en los países desarrollados, tiene el riego de “perder el

tiempo”.

Perder el tiempo -piensan ellos- es aprovecharlo, sacarle partido, en

lo divertido, en lo placentero, en lo emocionante.

“Perder el tiempo” es una categoría que se mide por la finalidad que

atribuimos a nuestros actos. Si nuestro objetivo es precisamente “perder

el tiempo”, lo conseguimos fácilmente. Habitualmente la gente que pierde

el tiempo suele engañarse a sí misma, pensando que ya tendrá tiempo

para recuperarlo, pero no siempre cuenta con el favor del tiempo.

El tiempo perdido no vuelve, hablando en general. Ocurre, entonces

que te encuentras a los cuarenta años con una edad psicológica de 18.

El riesgo del joven es sestear sobre el instante feliz y cuando se

acaba, caben dos salidas: salir a buscarlo a repetirlo, cayendo en la

adicción, o ir adquiriendo memoria del futuro y administrar los tiempos

con cabeza.

Los padres y los maestros pueden preparar el camino para que sus

hijos no pierdan el tiempo, educándoles desde el principio en valerse por

sí mismo, aprender las reglas elementales de educación, en el trato con

los demás y en el suyo propio, en proponerles ideales de vida para

cuando sean jóvenes y mayores, etc.

La vida entendida como una acumulación de momentos felices que

nos proporciona un genio benefactor sólo se lo puede permitir un niño de

padres ricos y permisivos, es decir sin sentido de responsabilidad. Esa

modalidad de vida acaba siempre mal, porque el niño se acostumbra a no

servir y esto lleva a no servir para nada.

El secreto para evitar la desgracia del hijo es habituarle a servir a los

demás, de ahí la ventaja de las familias numerosas.

Dado que la felicidad se adquiere mediante la adquisición de hábitos

buenos, el ponerse a recuperar el tiempo perdido cuando ya se está

pensando en la jubilación, es posible, pero no fácil.

Una familia en la que los cónyuges entienden su felicidad en

separado ya no tienen tiempo para educar y delegan en el Colegio.

La buena educación no se paga con dinero sino con atención

personal, afectuosa, no agobiante.

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