Publicado en el periódico Ideal, agosto de 2026
No somos lo que fuimos y no sabemos lo que seremos. En esa
situación de inestabilidad y provisionalidad, quienes tienen el timón de la
nave hacen lo posible por estar bien con casi todos mediante una retórica
pacifista y acomodaticia, pero lejana del contexto real, destinada a la
propaganda ya la desinformación.
La memoria del país es larga, no se detiene en 1936 ni en 1931 sino
que salta los siglos.
No podemos olvidar, aunque queramos, que fuimos durante tres
siglos la primera potencia del mundo.
Eso no es ni bueno ni malo, simplemente es un hecho que sólo se
podría olvidar por amnesia profunda o por cobardía.
Cuanto más alta es la exaltación, más profundo es el derrumbe de lo
que fue, no un sueño o una ilusión sino una realidad.
A finales del XIX España iba disfrazada de Imperio, pero era ya un
fantasma que los americanos se encargaron de desnudar.
Aparece entonces la generación del 98 que mientras se lamía las
heridas históricas preparaba el retorno al progresismo del siglo XIX que
llevó a la catarsis de la guerra civil.
El ADN de nuestra historia está formado por esos altibajos de euforia
y depresión, hasta que por los años 60 se diseñó un tránsito pacífico
desde la ideología a la tecnología.
Nos concentramos a fondo en el automóvil, el scooter, y la
secularización, entramos en la NATO, en las bases americanas y en la UE.
El período de Felipe González fue una socialdemocracia que se
integró en Europa con aceptación general.
De pronto, surge una generación de “sans-culottes” procedente de la
marginalidad menos ilustrada y comienza un giro hacia el “eje del mal”
(denominado lado correcto de la historia) que tiene la virtud de
recordarnos no lo que somos sino lo que fuimos. Aquello que ya no
existe, pesa en la conciencia histórica, mucho más que lo que existe.
Y aparecen los fantasmas de antaño, un Mohamed VI, Ceuta de Don
Julián y la Melilla de Prim y Primo de Rivera. Reaparecen los USA, los
holandeses, y todos nos preguntan ¿Qué sois y adonde estáis?
Cuando se habla del “lado correcto de la Historia” uno se inserta en el
marxismo más o menos moderado. Esa posición obedece a una sociedad
y a una mentalidad que tampoco existe.
No hay otra ideología hoy en día que el deseo de bienestar y de
conservar el bienestar.
Nos encontramos con dos mentalidades en conflicto, la de los
políticos que piensan como en el siglo XIX y la propia de una sociedad
que sólo piensa en vacaciones y en el “finde”.
Hay minorías selectas, élites, pero no tienen el poder y tampoco su
vocación es tenerlo. Son las pymes, profesores, ingenieros, funcionarios,
empresarios.
¿Quién tiene el poder?
Hay un poder aparente que no ha aprendido en más de una década, ni
a mandar ni siquiera a defraudar a Hacienda.
Le llueven catástrofes y se le plantean decisiones de envergadura y
solamente saben echar las colillas bajo la alfombra.
Como en otras épocas, se consigue el mayor número de enemigos
posibles y se arroja en los brazos de los enemigos de sus anteriores
amigos.
En el siglo XVI, había potencia, en el XIX, lágrimas y hoy, miedo.
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