Armando Segura
Catedrático Emérito de Filosofía de la Universidad de
Granada
El cristal tiene dos
propiedades apreciables: Si es translúcido y diáfano, la luz lo atraviesa y
permite ver con claridad y nitidez todas
las cosas. La luz y la claridad han sido metáforas que científicos y filósofos han empleado con profusión como símbolos de la
verdad e incluso siendo, la verdad misma.
Hay otra propiedad que no
parece muy homogénea con la anterior. El cristal para que la luz fluya a través
de él, precisa que sus moléculas formen un compacto, que no sea un fluido
evanescente; es necesario que se esté quieto. Cuando las cosas aparentan
detenerse y decimos que se paran los relojes, nos parece que “cristalizan".
En nuestra cultura desde
la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, existen dos corrientes que se alternan:
el historicismo y el estructuralismo. Estos términos, los tomamos en sentido
muy amplio.
El marxismo venía
pendiente de la historia, de la noción ilustrada de progreso, de la noción de
cambio y de tiempo histórico. A partir de los años 70, cuando surgen los “nuevos
filósofos” franceses, se habla de raíces, de identidad, de tradición. Disminuyen
los libros de mentalidad marxista explícita.
Dado el impacto de las
ocupaciones soviéticas, de Hungría y Checoeslovaquia en 1956, se propone un
marxismo humanista frente al estalinismo del que Kruschev desempolvó sus peores
fechorías. Se sintió la necesidad de lavar el rostro y practicar un marxismo
inteligente. En Francia el estructuralismo
proporciona el instrumental para convertir una filosofía de la historia
en una filosofía científica cercana, incluso, a la matemática.

La velocidad de la luz es
la constante que “fija” el referente de todos los demás movimientos del Cosmos.
Recuérdese como Einstein no era partidario de denominar a su teoría “teoría de
la relatividad” sino “teoría de la invariancia. El más veloz de los móviles es,
paradójicamente, invariable. Cristal y tiempo en una sola pieza.
Descendiendo a nuestros
pequeños problemas de la vida cotidiana, esos puntos de partida, deben tener
consecuencias, por ejemplo si los aplicamos a eso de lo que hablamos los
filósofos: la vida, la muerte, el movimiento y tantas otras cosas que se suelen
considerar inútiles o poéticas, dos caras de la misma moneda, altamente
devaluada.
Creemos absolutamente, que
si robamos un coche, plagiamos un
artículo o liquidamos a un ser humano que nos es molesto, nadie se
entera y “no pasa nada”. Desde luego es una actitud útil, fuente de bienestar
inmediato que al fin y al cabo es la meta del progreso.
La idea de un supremo
juez que después de la muerte juzgará a cada uno según sus obras, es un
supuesto metafísico increíble, y que no es real. A pesar de que Kant considera
al Juez supremo como una necesidad de la razón práctica.
Si no existiera la física
ni la matemática, el ladrón, el estafador y apuntemos, la tira de maldades, nos
parecerían hechos “puntuales” que ocurren en un momento del tiempo y que muchas
veces ni se descubren ni se entera nadie.
Nos ayuda la cómoda idea
de que todo se olvida. Nosotros mismos, acabamos por no recordar ¿quién nos va
a pedir cuentas? Claro que los moralistas y los curas cantan y sermonean sus
relatos pero, científicamente hablando, creen algunos, que no existe Juez
supremo.

Existió Kennedy; todos
los sucesos posteriores son hijos de aquel día puntual en que fue asesinado.
Cayeron las Torres Gemelas, pero la histeria global sobre nuestra seguridad
mana de aquella fuente. El tiempo es una cadena en donde si suprimes un
eslabón, suprimes todo lo demás, empezando por el presente actual.
No es posible dar marcha
atrás, es imposible que Kennedy no fuera asesinado: ese hecho es un presente
que genera historia; que se olvide o no, es irrelevante. Ese eslabón sostiene
el presente y el futuro.
La historia es diáfana,
aunque la propaganda trate infructuosamente, de confundirnos. Si toda la
oficialidad polaca fue asesinada en Katyn, eso es un hecho eterno,
irreversible. ¿En qué puede cambiar las cosas esta perspectiva?
El tiempo no borra el
pasado, aunque ofrece el futuro para nuestra acción libre. Quien obró bien,
tiene un gran capital, el que obró mal, un gran déficit. El flujo histórico es
un bloque de cristal. Tenemos ya, pues, la “materia”, la “litis” del juicio, un
buen paquete que viene dado por la realidad de lo ocurrido.
La cadena de la vida
forma una estructura que, en cuanto traspasamos el umbral del “hoy”, queda
inmovilizada para siempre. Se convierte en un “objeto”. Cabe preguntarse: ¿Para
quién?
No para ningún observador
humano, pero, si es cierto, en fenomenología, que no hay objeto sin conciencia enfrente,
que lo objetive. En la vida como en todos los experimentos científicos, hay que
contar, lógicamente, con la existencia de un Observador.
Sin Él, toda la cadena se
cae. No tendría “objeto”.