El término “sensibilidad”
que goza de universal aceptación y está dotado de una gama de aplicaciones y
usos. Llega hasta el punto de sustituir a otros términos clásicos como “verdad”,
“bondad”, “generosidad”, “comprensión”...
Tener sensibilidad es
sinónimo de ser “buena gente” y no tenerla, la de estar “fuera de onda”.
La Ética, que ya había
sustituido a la Moral, hace mucho, deja ahora su lugar privilegiado a la
Estética que quiere ser la “filosofía primera” de nuestra posmodernidad. Desviarse
de este parecer ya significa un peligro social pues apostar por los viejos
términos ligados a la ley y al orden, hacen temer la vuelta de esos movimientos
emergentes que los periodistas han tenido el cuidado de denominar con
eufemismo, “populismo”.
Entre los muchos
significados de este término “sensibilidad”, hay uno que es necesario subrayar
porque no es de uso corriente y tiene que ver poco con el nihilismo y la vida
sentimental. También debe diferenciarse de otra expresión muy prestigiosa, “inteligencia
emocional” que conteniendo aspectos válidos, no puede desplazar a la inteligencia
propiamente dicha que precisa articularse racionalmente. Tampoco tiene nada que
ver con la conocida expresión de Zubiri “inteligencia sentiente” que es un
desarrollo del aristotelismo.

Lo que entiendo por “sensibilidad inteligente”, se refiere, fundamentalmente, a la investigación científica y a todas aquellas tareas que tratan de la innovación y la creatividad. Una gama de actividades que va desde la pura ciencia, matemáticas en primer lugar, e investigación experimental, hasta otro tipo de actividades de gran repercusión social: diseño, marketing, el periodismo de investigación, el arte en sus innumerables formas de expresión, pero también, la economía, los negocios, la política y muchas cosas más.
Generalmente los
pensadores clásicos han defendido el carácter activo de la inteligencia,
atribuyéndole una cierta libertad operativa. La sensibilidad, piensan, es más bien receptiva,
·sensitiva”, pasiva. Sobre este esquema básico, con sus excepciones de rigor,
se establece una cartografía mental en donde los admiradores del arte se sitúan
en las regiones de la sensibilidad y los del intelecto, en las de la ciencia.
¿De qué estamos hablando?
Sirva de ejemplo, elegido
al azar entre muchos, la historia de Philo Framsworth, quien tuvo la idea clave
que hizo posible la televisión. Lo cuenta Leslie A. Horvitz.
Philo soñaba con ser
inventor desde los seis años, apasionándole, en especial, todo lo referente a
la electricidad. Leyó cuanto se refería al tema. Un artículo de ciencia ficción
titulado “El sueño de las imágenes voladoras”, le obsesionó y se propuso
conseguir fabricar el dispositivo que permitiera esa locura imposible. Se
informó de las dificultades aparentemente insuperables que tuvieron todos los
que pretendieron lo mismo, desde mediados del siglo XIX: ¿Cómo transmitir imágenes
y sonido, simultáneamente, a la velocidad de la luz?
A los 14 años, trabajaba
en la granja de su familia y montaba un
caballo que arrastraba una cosechadora. La máquina iba pasando por los surcos
como quien barre el campo, una y otra vez. De pronto “vio clara” la solución al
problema. La imagen del terreno barrido por la cosechadora le sugirió que el
ojo humano, para percibir las imágenes, hace una labor semejante de barrido.
Era muy poco lo que tenía, pero fue la solución.
Ejemplos como éste, son
habituales en los inventores y en los innovadores. Husserl recuerda que
siguiendo el manual se consiguen productos mediocres y que hay siempre en los
grandes científicos un momento artístico, una “chispa” estrictamente
individual.
La “chispa, evidentemente,
no basta. Es necesario articular la idea con la realidad de la naturaleza. El
proceso va siempre de la inspiración a la formalización matemática y de ella, a
la ingeniería, en este caso electrónica.
Para mí, este asunto es
crucial porque supone una teoría del conocimiento y una nueva concepción de la
realidad que partiendo de la ciencia y la técnica se eleve hasta su génesis en
la mente.
La
mente es un receptor de mensajes, vengan o no de la Naturaleza. La Teoría de la
Información, nos enseña que todo lo que existe, envía y recibe señales. La
mente recibe la idea, la “chispa” y de ella, como quien tira del hilo de un
ovillo, va desarrollando las implicaciones contenidas en él. Luego vendrá la
matemática y la ingeniería (y la financiación y la política)
Cualquier idea se le
puede ocurrir a cualquiera en cualquier momento, pero exige tenacidad, fe en la
idea, y mucha disciplina científica y experimentación. La chispa no ilumina sin
trabajo.
Puede observarse que no
se trata de los “sueños de un visionario” sino de problemas reales de la vida
real que el cálculo racional no suele resolver sin una previa idea brillante. Y
eso, la “chispa”, no se puede conseguir
con estudio y voluntad, aunque una vez la semilla iluminada se posa en la
mente, no crecerá sin esos dos factores insustituibles.