Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 5 de junio de 2014
Responder a esa pregunta presenta tres dificultades:
En la sociedad en la que vivimos, emocionalmente democrática, nadie se
atreve a poner en duda la capacidad de poder elegir, sea lo que fuere.
Pero, ¿Es eso verdad? Una respuesta tan universal y necesaria se enfrenta con la realidad
mostrenca. ¿No será una creencia trampa
o un brindis al sol? Es más bien, un aviso de que no se deben dar respuestas
genéricas y simples a problemas, en los que se juega no una estructura, una
institución o un país, sino una persona, cada uno en su caso.
La experiencia pronto enseña que se
puede elegir un pequeño segmento del futuro, en el mejor de los casos. Más aún:
muchos tienen la sensación de que no pueden elegir, que están cazados por la
vida, siendo un eslabón más, de la cadena social en donde te excluyen cuando te
desgastas.
Una tercera dificultad estriba en si cabe elegir una vocación, una
“llamada”. ¿No es un contrasentido, poder
elegir que a uno le llamen?
Hay tres modalidades de vocación: la que se encuentra uno hecha, antes de elegir.
Ser discapacitado es una vocación.
Otra modalidad, surge de un sentimiento interior que reclama de la persona la dedicación, de por vida, a la realización de la “llamada”.
Una tercera, es la del que tiene la vivencia de una necesidad objetiva y perentoria, que no
brota de su interior sino de las necesidades vitales de la gente.
En el lugar que uno ocupa en la vida inciden muchas líneas de fuerza que no
dependen de nosotros. Incluso quien elige el camino que le atrae, tendrá que
superar muchos obstáculos que le pondrán a prueba y le harán dudar. Hay que
tener el valor de recomenzar constantemente, dado lo valioso del objetivo.

Hay otra modalidad marginal de estar en el mundo: la “falta de vocación y la
carencia de sentido” en la que hoy se incluye una franja muy amplia de
población juvenil y menos juvenil, para la que no hay pasado ni futuro, ni
trabajo ni estudio. No sienten ninguna llamada y su obsesión es exprimir los modestos
goces del presente, que en la mayor parte de los casos, serán menguados, algo
de sexo, un porro, alcohol, un deporte poco caro, o la queja global, por lo mal
que está el mundo.
Esta última manera de estar en la vida, es, obviamente, la más penosa, para
quien la sufre y para la sociedad. El par de desgracias, paro/ queja, sugiere
una baja autoestima que bloquean la capacidad personal. Hay que convencerse de
que el capital lo lleva uno puesto. La energía personal es la que crea
estructuras.
¿Cómo averiguar, qué vocación tiene uno? Hay dos opciones: decidir una
existencia por y para el placer u otra, por un ideal. Hasta que uno no se da
cuenta de que el mayor placer es realizar un ideal, hace del placer inmediato y
fácil, su meta única y obsesiva. Esta actitud cierra el futuro con varios
cerrojos.
Estoy convencido de que la felicidad consiste en la marcha a la caza del
ideal. Un ideal es siempre algo por hacer, un lienzo vacío. Una realización de
actividades que nadie las hará por ti: educar personas, inventar, descubrir, hacer
reír a los demás, curar, crear belleza, montar una familia y verse en los
hijos. Y todo ello, “a tu manera”. El
ideal está por hacer, o sea, no existe todavía. Enfrentarse con la nada, como
ya lo hizo Dios, es la tarea que requiere mayor valor, más fe.
De todos modos el ideal lleva su propio combustible y el motor capaz de
hacer fácil lo difícil, porque lo esencial, si se quiere ser hombre o mujer
cabales, es el ideal de futuro que palpita, en cada uno, cuando no está cegado
por la cómoda facilidad y el peso del placer.

Una educación basada en aprender habilidades en un momento en que nadie las
demanda, alerta de que debe tomarse el camino opuesto a la simple instrucción:
Fomentar los ideales, por los que uno se sacrifica, formar la personalidad de los
jóvenes y mostrar que, la lucha por lo más alto, no tiene pérdida. Que se
consiga o no, importa menos porque la llamada (y la felicidad) no consiste en triunfar sino para servir en
aquello para lo que se siente llamado. En el retrovisor se evidencia que todo
ha ido bien.