Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada (17-02-2015)
El Antiguo Régimen pasó a mejor vida con la Revolución Francesa. En España tras la pausa de Fernando VII empieza a consolidarse en 1834 con la Constitución que vino de manos de Martínez de la Rosa. Era la Regencia de María Cristina de Haugsburgo de feliz memoria.

Tras la paz de Vergara y el abrazo de Maroto, se resolvió la
tercera guerra carlista, guerra entre dinastías y entre concepciones de la vida
contrapuestas. Se acabó gracias a la inteligencia de los nuevos gestores,
especialmente Cánovas. Los carlistas mantuvieron sus honores, sus medallas, su
rango y sus pensiones.
Ese final consensuado dio paso a una Constitución también
consensuada, la de 1876 y que estuvo vigente durante casi medio siglo hasta el
golpe militar de Primo de Rivera.
Este preámbulo, “de libro”, nos permite encarar la situación
actual de España con algunas cuantas coordenadas de referencia.
La primera, muy genérica, es que el supuesto de que todo
sistema político, constitucional o no, es injusto por naturaleza, es
precipitado. El Viejo Orden, es un cierto orden y cualquier desorden es peor.
El Nuevo Orden, será también un orden y no sabemos si mejor.
Los cambios constitucionales son atractivos para la gente
joven por muchas razones: porque les va la “marcha”, porque no están motivados
laboral y profesionalmente, porque creen
que no tienen nada que perder, porque no saben lo que es gobernar en tiempo
real, no en un manual o en una asamblea, donde las palabras que suelen ser
muchas, acaban en papeles que suelen ser pocos, porque carecen de
responsabilidades y de muchas cosas más.
Estos rasgos del talante político juvenil, excluyen a dos
extremos de la franja. En un extremo, los pesimistas para quienes, ya no hay nada que hacer y en el otro extremo
los que preparan oposiciones o inician empresas y se consolidan en sus primeros
empleos y su preocupación es hacer carrera.

La política real de los pueblos es una tarea muy dura, muy
tremenda, en la que se juega la vida, la felicidad o la desgracia de muchos
seres humanos. Eso exige profesionalidad, sensatez, generosidad y prudencia.
Pensemos en países y en líderes como Churchill en
Inglaterra, Adenauer en Alemania, Mandela en Sudáfrica que tuvieron a todo el
país detrás. Cambiaron el destino de su
patria o del mundo.
Tengamos en cuenta, el contexto en que vivieron, las
responsabilidades que tuvieron que afrontar, sus éxitos y fracasos. Son
historias “fuertes” en donde la frivolidad sobra.
“Podemos” aprender de todo ello que el tiempo histórico es
un hilo continuo que raramente admite roturas
o torsiones absolutas. Cuando parece que nos hallamos ante un gran cambio, un
somero análisis descubre como las grandes líneas del Régimen anterior se
mantienen en el siguiente aunque con otras formas y otros uniformes.
La búsqueda del bien común con sentido común, es el ideal de
toda política, pero los hechos nos indican que ese ideal es difícil.
La política real desde una situación democrática a una
guerra abierta es, desgraciadamente, una disputa por el espacio vital, sea un
territorio, un despacho, unos valores en bolsa o unos secretos industriales. “Donde tú estás, quiero estar yo”, tópico, que
nunca se expresa porque es vergonzoso.
Decimos que la Transición española fue modélica. Desde el
punto de vista de la paz pública, desde los preparativos anteriores hasta el
día de hoy, hemos gozado de más de medio siglo de paz, con la excepción que
todos sabemos. Esto fue posible porque prevaleció el bien común sobre los
intereses de partido y porque el heredero de Franco se convirtió en el motor de
la Constitución de 1978.
Se mantuvo el hilo del continuo histórico, dando paso a una
“revolución” sin traumas.