Artículo publicado el 3 de abril de 2015 en el periódico Ideal de Granada
Asombra ver desde el Monte de los Olivos, la estrechez del
espacio donde se fraguó en pocas horas, el sacrificio de Jesús. En un terreno de unos doscientos metros de
diámetro- así me lo parece-se condensaron todos los conflictos que determinaron la historia posterior.

Los ritmos del tiempo en que se vive la Pasión, aunque tienen
una preparación remota, quizá menos de tres años, explota en veinticuatro
horas.
¿Qué tiene Jesús, el hijo del carpintero de Nazaret para
atraer hacia él, todas las furias del espíritu humano?
Herodes, que era tetrarca de Galilea, quién mandó decapitar a Juan el Bautista, primo del Nazareno, residía en esas fechas de la Pascua en Jerusalén. También estaban los Sumos sacerdotes, los escribas, Pilato y sus fuerzas de choque, todos preocupados por el “problema” que se les venía encima. Había mucha gente durante la Pascua llegada de todo el mundo y la población de la ciudad que según Joachim Jeremías, no pasaba de veinte mil habitantes, se doblaba para la Fiesta.
Palestina era un foco
de problemas que los romanos no sabían cómo manejar. Precisamente, Poncio
Pilato era un gobernador, más militar que civil. Hacía poco sustituyó a la
autoridad civil, dada la abundancia de motines, algaradas y movimiento de masas
que seguían a un Mesías, “como estaba anunciado en las Escrituras”. “Habrá
muchos falsos mesías que dirán “Yo soy, no los creais”, dijo el mismo Jesús..
En las luchas político-religiosas de la época, la gente más
rica y descreída eran los sacerdotes. Su cargo era vitalicio y hereditario. Conllevaba
la posesión de la tierra. Añadamos los fariseos, los “piadosos” que compartían
con Jesús prácticamente todas sus creencias, y más aun, los estrictos esenios
que practicaban el bautismo y vivían una vida de pureza más real que legal.
Los fariseos eran los
interlocutores de Jesús y las polémicas no eran dogmáticas sino más bien, morales.
Jesús denunciaba la hipocresía y el mercadeo. Como los Profetas antiguos.
Jesús por otra parte, guarda mucha discreción, tanto en el
carácter de su realeza como en su naturaleza de Hijo de Dios. Él elige los
tiempos.
En los momentos
clave, ante las autoridades admite ambas cosas. En otras ocasiones, pregunta: “¿quién,
dicen, qué soy yo?” Pedro lo proclama, Hijo de Dios, en una pequeña reunión del
grupo. Siempre insiste en que no lo difundan hasta que resucite, después de
muerto.
Cierto que las masas iban tras él, no porque fuera un
demagogo o tuviera ambiciones políticas. No quiso ser esa clase de rey que las
masas esperaban. Le seguían porque hacía muchos milagros de gran calibre,
evidentes y notorios. Tanto que el Sumo Sacerdote Caifás, dice con franqueza:
“Este hombre hace muchos milagros”. Tan habituados a las revoluciones,
concluye: “vendrán los romanos y destruirán el Templo, nuestra nación y el
pueblo. Más vale que muera un solo hombre por la nación entera”
Esa motivación “política” escondía otra, que para los judíos
era más importante: Si Jesús es el Mesías, el principio de autoridad religiosa se
desplaza a Jesús, como Rey-Mesías. No pasa por la cabeza de mentes de tan
estrechas miras, que Jesús quiere salvar con su muerte, al mundo entero de sus
pecados.
Para esa función, la Ley de Moisés, ya establecía el
sacrificio de corderos cada día, ¿qué más hacía falta?
En realidad no hubo Pasión, pues, Jesús, humanamente, le
repugnaba tal contingencia. Era un mandato de su Padre. “Padeció porque quiso”.
A una visión imparcial,
laica o atea, todo parece extraño y lo más raro es la personalidad de Jesús. Un
hombre que fue crucificado el viernes, antes de la pascua, en la hora en punto
que en el Templo se sacrificaban los corderos.
El análisis crítico lo ha tenido siempre muy difícil, porque
el análisis al separar un hecho singular de todo el contexto lo priva de significado.
Son muchas cosas que hay que explicar que no tienen que ver
con la geopolítica y sus factores de espacio y tiempo. Es una estructura
histórica que se remonta a la salida de Abraham de su patria, porque Dios le ha
prometido, siendo su mujer estéril, que tendrá una descendencia innumerable.
Hay que explicar dos mil años de Cristianismo y por qué, hoy
mismo, la carnicería de cristianos sale barata. Hay que explicar la legión de
hombres y mujeres santos que han dado mucha luz y mucho bien al mundo por su fe
en Jesús. Y de paso, también necesita explicación que hoy tengamos dos mil
millones de personas, que mal que bien, creen que Jesucristo salva porque es
Dios y quiere hacerlo.
¿Quién puede admitir, un Dios, tan bueno?