El Destino es uno de los nombres de la ignorancia. Creer que
todo está resuelto de antemano sin contar con nosotros, es una forma de
suicidio. Esto es válido si miramos a lo que está por venir. Si miramos en
cambio, no a lo que puede ocurrir sino a lo que efectivamente ocurre, “lo que
hay”, se asemeja, al bloque de granito, que es, el Destino de lo presente. Con
acierto, la situación actual de España, se denomina hoy, llena de incertidumbre,
La información se
define, en términos de Comunicación, como reducción de incertidumbre. Esto hace
pensar que nos falta información, no sólo de lo que va a pasar sino de lo que
está pasando. Aunque estemos pendientes de cantidad ingente de noticias, esas
noticias no anuncian nada, no reducen incertidumbre sino que la producen.

España tiene un problema mayúsculo. No es económico ni migratorio:
la falta de conciencia de patria. Hasta el nombre está borrado de la memoria.
Borrados también, los símbolos que acompañan, necesariamente a la conciencia de
patria: la bandera, el himno, el respeto a la autoridad. Se acompaña esta
desmemoria, de la burla de “todo aquello que pretenda ser y que pretenda
valer”.
En Estados Unidos, la bandera nacional está por todas
partes, la Marsellesa, impone gran respeto en Francia, no digamos el emblema de
la Unión Jack en Inglaterra.
No es una cuestión de nombres o de carteles y pegatinas sino
de sustancia. Ningún organismo vivo sobrevive sin la conciencia de la propia
unidad, sin la idea de que la supervivencia del todo es la constitución no
escrita y previa a cualquier proclamación de los Parlamentos.
Tanto por el lado de las autonomías, como por el de los
partidos políticos, se sustituye la unidad del todo, el interés general, por el
interés de las partes.
Aun, si se tratase de sustituir la unidad de un todo por la
unidad de unas partes (que dejarían de ser partes, para ser pequeños todos) la situación sería más comprensible. No es
eso.

Nos va mucho, el individualismo sin compromisos ni
vinculaciones.
Los libertarios suponen que la mayoría es lo más racional
del mundo, que nunca se equivoca y si lo hace, se salva, por lo menos, la
conciencia de unidad, pues, todos y cada uno, mayorías y minorías se han
comprometido a respetar la voluntad de la mayoría.
No tienen en cuenta que la razón, la igualdad y la justicia
y otras grandes palabras no se deciden en los papeles y en las tertulias sino
en el día a día.
Si en el fondo de cada español, el interés particular pasa
por encima del de los demás, ni siquiera eso se puede llamar liberalismo. Para
ser liberal hay que respetar el derecho del otro. Sería el anarquismo en estado
puro.
Se ve ahora más que nunca como el interés de fulanito se
cubre de ideología, de nuevas banderas, de nuevos himnos y de cantidades
industriales de igualdad y justicia. Por desgracia, la mayoría de los que no
saben trabajar, lo único que quieren es más dinero, más coches, más poder. El
concepto de interés general, la forma actual del bien común, brilla por su
ausencia.

La corrupción es un
malentendido. No queremos ver que es una cuestión de identidad y de soberanía.
¿Por qué España (“que
no se sabe qué es”) va a pasar por encima de mí, limitando mi libertad a una
irrisoria votación cuatrienal, en una mañana de domingo?
Ese mal de fondo que Spinoza y Rousseau, creían superar por
la obediencia de todos a la ley de la mayoría, en España, funciona desde
antiguo de otra manera: “Las leyes se acatan pero no se obedecen”. Eso parece
que ocurrió cuando Colón aparejó sus veleros con gente de presidio, cosa más
bien ilegal.
Hay que volver, en mi opinión mínima, a desplazar el
individuo animal que llevamos dentro por la persona que se constituye en sus
compromisos y vinculaciones. En su fidelidad a la palabra dada. Esto empieza en
la familia, sigue en la escuela y en la Universidad. Pasa por la sanación de
esa carnicería diaria del libre mercado en estado puro, cuyo balance de cuentas,
enriquece a muy pocos.

Convertir un individuo en persona, no es cosa de leyes sino
de entrenamiento dirigido, que los griegos antiguos, llamaban “virtud”.