El término “populismo” se emplea, en lo que me alcanza, desde el período entre
las dos guerras mundiales. Las condiciones para que salte a los titulares, son
una depresión económica, una recesión que no saben resolver los gobiernos tanto
menos en la era de la globalización.
El fenómeno sin embargo aparece y reaparece como una
serpiente de verano, por temporadas o rachas. Así como el parlamentarismo tiene
una durabilidad muy alta, el populismo se agota, en el mejor de los casos, en
una o dos décadas. A veces, parece más bien una gripe o un sarampión que se
lleva mucha gente por delante.
Los emperadores romanos tenían “accesos” de populismo y
en su nivel y escala Herodes el Grande sabía contentar al pueblo con entregas
masivas de alimentos o reconstruyendo el Segundo Templo de Jerusalén, medida
típicamente populista.
Estos últimos
populismos se podían considerar de derechas como lo fue el nacionalsocialismo y
el fascismo. Se consiguen éxitos económicos inmediatos que necesitan para
mantenerse, una constante huída hacia adelante, llegando a un infeliz final.
Suelen tomarse como populismos la política agraria de
Cárdenas en México que, a su manera, hizo uno de los primeros planes de
desarrollo, a la par con los grandes planes estalinistas.

Los últimos años han visto brotar el populismo. No sólo en
América. Donde es endémico, sino en la propia Europa.
La Depresión que se inicia con el hundimiento del mercado
inmobiliario en Estados Unidos y su reflejo en Europa, suele atribuirse a la
gran Deuda norteamericana. El Presidente Bush, ganó su popularidad, por hacer
enormes gastos sin subir impuestos. Hecho milagroso no atribuible a ningún
santo.
Un ejemplo notable de populismo nos lo proporcionó Zapatero que
llegó al poder con argumentos y acciones directas, típicamente populistas.
Conocedor del deterioro moral de nuestra sociedad dio caño libre a todo tipo de
manifestaciones sociales que, en unos
días pasaron de ser inmorales a virtuosas.
Cuando afloró la primavera árabe desde Túnez, en primer
lugar, se desató la caja de los truenos. Los grandes dictadores de la época
fueron derrocados, sin recambio, creando un vacío de poder que prosigue.

Empezar de 0 con entusiasmo y emoción se cruza con aquellas fuerzas
históricas que son permanentes y duraderas. El islamismo radical en el Magreb,
apoya sus cimientos en la religión popular, y la influencia de algunos imanes.
Sólo hay un poder, el Ejército, formado hace menos tiempo,
que es capaz de cortar, tanto los fogonazos periódicos como los intentos de la
teocracia de imponer la sharía.
En Egipto, la gente joven de las grandes ciudades, profesionales
sin puesto de trabajo, los chicos de universidades e institutos, aportan la pasión
por la libertad y poco más. No pronostican gran porvenir frente a los Hermanos
musulmanes, por un lado y el Ejército egipcio por el otro. Con esta situación
se hunde el turismo y en su fase terminal, el pueblo real paga los costes de
los populismos verbales. Los de la derecha, la izquierda y el centro.
A quien se le ocurrió la idea de la primavera árabe, debería
ser honrado con el Premio Nobel del populismo. Ese plan sincronizado en las
grandes capitales, simultáneo con nuestros “antisistema” del 15 M, parece obra
de los profesores más tontos de la CIA. Una operación desastrosa.
El mejor bien que se le puede hacer al pueblo, o sea que nos
podemos hacer a nosotros mismo está en consolidar las instituciones,
incrementar la presencia de la sociedad civil (sin trampas) y las ONG.

La corrupción se ha comido la credibilidad del sistema, no
de las personas. La peor corrupción es la que ha perdido la sensibilidad cuando
las normas del estado de derecho son violentadas por el “buenismo” sentimental,
la forma más expresiva de populismo en España.
No es de recibo que un fraude de tres mil millones de euros
se compare con el regalo de unos trajes. No lo es, tampoco que un voto vasco o
catalán, valga varias veces más que otro del resto de España. Tampoco que una
recesión se recupere mediante el cierre y el despido de los más inocentes...
Todas estas cuestiones deben arreglarse pero desde la
mayoría absoluta, que desgraciadamente, se ha desperdiciado.
La liquidación política de los mayores de 45 años manifiesta
la inmadurez e inexperiencia de quien lo propuso. En la misma línea, aumentar
los impuestos (¡ahora!)
La corrupción genera el sentimiento de que puesto que los
entendidos del sistema son deleznables, la gente de la calle, joven y buena, lo
arreglará todo en un santiamén. Los puros: Deseando saltar la valla del
Congreso, por otros medios.
En cirugía y en política, la inexperiencia, no ha lugar.