Articulo en el periódico Ideal, 16 de mayo 2020
El virus como error o accidente de laboratorio subraya los
errores de la ideología dominante, la del consumo indefinido, la civilización
de la imagen y el bienestar más o menos bien repartido.

El optimismo, que podría definirse como la actitud de
quien espera siempre lo mejor, obliga a un ejercicio de gimnasia espiritual que
levante la mente hacia arriba.
Arriba y abajo son metáforas espaciales y que como
simples imágenes dicen mucho menos de lo que quieren decir. Dicen poco y lo
poco que dicen es vacío pero esconcen una idea mejor.

En nuestra civilización de la imagen y el sonido, las
metáforas se convierten en conceptos bastardos y fines finales. Si las imágenes
son el final ya se ve lo poco ilustrado que fue Yuri Gagarin cuando desde su
nave espacial confesó: “No he visto al Padre Eterno”.
Intentemos llegar a la almendra de la cuestión y
prescindamos de la corteza.
Arriba es un vector hacia la totalidad y abajo se dirige
a su destino opuesto, la negación de la totalidad y la afirmación de la terrenalidad
e incluso en la progresión hacia lo peor, lo que está debajo de la tierra, lo
que ni siquiera es vivible.
Pensar el todo y pensar la nada, es el viejo oficio de
los pensadores. El progreso humano vive del deseo de llegar arriba y despegar
de la tierra plana. Así nos vamos a la Luna, así se gastan miles de millones en
ir a Marte o enviar sondas a lejanos planetas, al Sol mismo.
Por eso queda salvada la sabiduría de aquellas metáforas
que nos indican lo que debemos alcanzar y aquello que debemos evitar, el
fundamento de la vida moral.

Todo es la suma de todos los bienes sin mezcla del mal
alguno y es lo que todos quisieran y ambicionarían si creyeran que fuera
posible.
Los investigadores, los artistas, los olímpicos no
llegarían lejos si no “fueran a por todo”.
Dejemos de llorar y de lamer nuestras heridas como perros
domesticados porque arriba siempre estará arriba.