El sustrato animal de
todo individuo humano, explica en gran medida, de dónde proceden la maldad, las
guerras y los conflictos violentos interpersonales o interreligiosos. No es que seamos animales
sino que gran cantidad de humanos prefieren serlo antes que admitir que el
rival o competidor, es mejor que él.
Espinoso asunto porque el
deseo de conservar el propio territorio y ampliarlo sin límite, es consecuencia
de la prevalencia del instinto de conservación sobre el de sociabilidad. Ambos constituyen,
según los antropólogos, el motor de la especie humana. Satisfacer el instinto
mediante razón, nos ha permitido sobrevivir.
La necesidad de asociarse
también puede ser entendida como una estrategia, para alimentar la propia
conservación. Esta sería la base biológica del pacto social. Me conservo mejor
si me asocio, si cedo algo para salvar lo que para mí es más importante, mi propia
vida.

Jesucristo, ya son
palabras mayores, porque riza el rizo del sufrimiento voluntario, de lo que
Nietzsche llama odio a la vida. En este caso, ya no juega tanto el deber como
el amor a una vida, más vital y mejor que la presente.
Los rinocerontes y los
gallos de pelea, no dejan de destrozar al rival hasta que uno de los dos se
viene abajo. No entiende que el otro, es cómo él y que, devorándole, se devoran
a sí mismos porque daña a su propia especie, en uno de sus individuos. Qué gran epopeya la del rinoceronte con un
blindaje coráceo y una musculatura impresionante. No entiende, Se quedaría él solo; la especie,
se extinguiría.
Sorprende, lo que le debe
la especie humana a Jesucristo, que hace del perdón a los enemigos, su razón
última. De la paz y el perdón
sólo cabe esperar el desarrollo y la cultura. De la voluntad de poder, ya sea,
individual o colectiva, procede el Holocausto, los campos de concentración, la
policía política. Todo ello adornado de grandes arcos triunfales, discursos
heroicos. Son ángeles exterminadores a los que sólo se les debe misericordia.
Es difícil aprender de
esas experiencias históricas porque quienes debemos aprender seguimos siendo,
lo que eran aquellos; preferimos ese gusto salvaje por satisfacer el instinto
en todas sus formas, antes que promover al otro, intentando que sea mejor que nosotros.
En el sustrato del crimen,
especialmente de los más monstruosos, se oculta el instinto de conservación,
revestido de dignidad, amor propio, autoafirmación, etc.
De igual modo, la noble
palabra “derecho”, es capaz de cubrir con su velo, cualquier crimen. Reclamo el
derecho de mi vida frente a la de mi hijo porque me incomoda, ejerzo el derecho
del fuerte contra el débil. Da igual que tenga siete semanas o doce años. En
esta cuestión, el derecho a decidir, oculta la voluntad de poder. Tras “mi
derecho”, el crimen se alza como un derecho y el auténtico derecho como un crimen.
¿Qué razones científicas podemos
aducir en favor de la paz y el perdón? Una muy simple: el
estudio del cerebro enseña que el ser humano está hecho para ser libre. Es un
organismo, el humano, que sobrevive racionalizando su conducta en dos niveles,
el personal y el social.
Los españoles solemos
creer y decir que la libertad es “hacer lo que nos da la gana”, forma castiza
que vale por toda una antropología. La “gana” es genética y sin ganas ni se
come ni se procrea pero todo, según medida. La desmesura de la gana llena las
tumbas de víctimas.
La razón viene a ser, la
economía de las ganas: Establece orden, medida y en consecuencia, paz. No es
retórica barata sino neurobiología. Los estímulos llegan de
fuera por las terminales sensoriales. Los genes desde cada célula, entienden
esas señales, pues, el interior y el medio, interactúan. La especie humana no
ha sobrevivido frente a las demás, más poderosas que ella, por la gana. Ha
sobrevivido filtrando los estímulos. Las áreas asociativas perineurales, crean esa
tierra de nadie, para poder pensar. Así somos libres para decidir lo que
hacemos con los genes y con los estímulos.
El homínido superior cuando “se deja” llevar
de la gana o se abalanza sobre los estímulos agradables, se comporta como un
niño ante un mar de nata. El hombre sin medida es peor que un animal cuyo
instinto nace ya medido. Decidir desde el lado animal, es una opción
simple motivada por las “ganas”. No atendemos a nuestro cerebro. El rinoceronte embiste, en
cambio los hombres estamos hechos para ser felices, materializando los ideales
en favor de los demás. Preferimos embestir

Amnesia
de la conciencia del tiempo. Falta entrenamiento.