Artículo publicado por el periódico Ideal el 18 de marzo de 2016

La amistad no excluye la
diversidad de opiniones sino que es una oportunidad para exponer con la
intención de convencer.
Las formas políticas no son
indiferentes ni tampoco en sí mismas, buenas ni malas. Su bondad o perversidad
depende de cuatro factores clave.
·
La historia del
país de que se trata
·
El contexto global
presente donde se inserta el país
·
El talante de los
líderes políticos del momento
·
La credibilidad o
confianza que el pueblo les otorgue
No es nada bueno que los
líderes políticos sean muy jóvenes porque tienden a hacer tabla rasa de la
historia o bien subrayan aquellos aspectos del pasado cercanos a la del partido
o grupo que lideran. En el tema de la memoria histórica, hay que tener en cuenta que
en España, hay dos memorias de igual rango. Cada una de ellas quiere exterminar
a la otra, adoptando con gran desparpajo, un sentido dogmático y sectario de la
historia.

No haber vivido el pasado, les
libera del síndrome postraumático de nuestra guerra civil. Esta carencia no está
claro que sea conveniente, porque ignorar lo que hemos hecho en la secuencia
histórica, es desconocer lo que somos. En ese caso, desafortunadamente, la
historia se transforma en ideología.
El revolucionario, propiamente
dicho, está convencido de que el sistema político, e incluso, cualquier sistema
es perverso. También está convencido de que los políticos son los parásitos de
la clase trabajadora, y que sólo ellos, los intelectuales inorgánicos, tienen
el expediente limpio y sin mancha. Desde su pureza original y desde su
autosuficiencia, pueden y deben cambiar, de un plumazo, toda la organización social, económica y
política.
Se rechaza la historia porque,
desgraciadamente, la historia es una hipoteca impagable que lastra el presente.
Ese lastre sería nefasto si no se encargara, él mismo, de frenar con sus bridas
la audacia de los que tienen prisa. Les
advierte de que el presente está tejido de esa misma historia.
Es propio también del
revolucionario, verde, rojo o morado no arredrarse ante las limitaciones que
muestra la globalidad del mundo mundial. No hay límites que no se sientan
capaces de traspasar. No les importa la huída de capitales, ni la inercia del
paro y el estado de congelación económica de todos los países en cuyo marco estamos
englobados.
Esos políticos que aspiran a pasar
desde una democracia avanzada a una democracia popular, hacen gala de una deficiente
educación, puesta al servicio de la justicia absoluta y de la verdad
incondicional que sólo ellos detentan.
En nombre del amor y del boca
a boca.

La confianza de los ciudadanos
en sus representantes es el vínculo que legitima cualquier forma política. Esa
confianza, ya muy mermada por la corrupción masiva de los políticos de todos
los colores, se dispara cuando los ciudadanos ven cómo se comportan en público
y en privado.
La mala educación, la falta de
respeto al otro que es considerado, antes enemigo que persona, los constantes
intentos de introducir en el Congreso y en los municipios detalles de mal gusto,
hacen pensar a los futuros electores que este tipo de cambios anticipan una
involución hacia lo peor.
La diferencia entre las ideas
políticas y la ideología consiste en que la idea como ideal, exige el esfuerzo
de mejorar personalmente. La ideología es un sistema de ideas en el que no se
cree pero que se adopta en tanto es eficaz atractivo para los jóvenes que
pasarán de idealistas a defraudados.
La Derecha hispánica, a su vez,
sufre el doble acoso de la corrupción y del
cordón sanitario, con el que los demás partidos le castigan. Una vieja
expresión que rememora la censura del, ya viejo, Floridablanca, ministro de
Carlos IV para impedir que la propaganda
revolucionaria. libros, revistas, entraran por los Pirineos y contaminase al
pueblo.
El intento de deshacer la
Derecha es un anatema a la base social que representa y a los valores
elementales de sentido común que se comparten.
Es éste un panorama muy
semejante a la situación de España en
las elecciones de 1934, donde socialistas e independentistas actuaron unidos en
Asturias y Cataluña. La CEDA que representaba el centro-derecha pagó el precio
de una guerra, por haber acabado con el levantamiento de Asturias y del fin, en
24 horas, del “Estat Catalá”.
Son otros tiempos, pensamos,
pero no lo parece. Tal situación se debe a la juventud de los políticos que
parecen estar jugando a la revolución y no conciben que los adversarios tengan
alguna razón.

No deja de ser una satisfación,
observar que, la manipulación del lenguaje, ya no convence a nadie.