lunes, 17 de agosto de 2026

Qué somos y dónde estamos

Publicado en el periódico Ideal, agosto de 2026

No somos lo que fuimos y no sabemos lo que seremos. En esa
situación de inestabilidad y provisionalidad, quienes tienen el timón de la
nave hacen lo posible por estar bien con casi todos mediante una retórica
pacifista y acomodaticia, pero lejana del contexto real, destinada a la
propaganda ya la desinformación.



La memoria del país es larga, no se detiene en 1936 ni en 1931 sino
que salta los siglos.
No podemos olvidar, aunque queramos, que fuimos durante tres
siglos la primera potencia del mundo.
Eso no es ni bueno ni malo, simplemente es un hecho que sólo se
podría olvidar por amnesia profunda o por cobardía.
Cuanto más alta es la exaltación, más profundo es el derrumbe de lo
que fue, no un sueño o una ilusión sino una realidad.
A finales del XIX España iba disfrazada de Imperio, pero era ya un
fantasma que los americanos se encargaron de desnudar.
Aparece entonces la generación del 98 que mientras se lamía las
heridas históricas preparaba el retorno al progresismo del siglo XIX que
llevó a la catarsis de la guerra civil.
El ADN de nuestra historia está formado por esos altibajos de euforia
y depresión, hasta que por los años 60 se diseñó un tránsito pacífico
desde la ideología a la tecnología.
Nos concentramos a fondo en el automóvil, el scooter, y la
secularización, entramos en la NATO, en las bases americanas y en la UE.
El período de Felipe González fue una socialdemocracia que se
integró en Europa con aceptación general.
De pronto, surge una generación de “sans-culottes” procedente de la
marginalidad menos ilustrada y comienza un giro hacia el “eje del mal”
(denominado lado correcto de la historia) que tiene la virtud de
recordarnos no lo que somos sino lo que fuimos. Aquello que ya no
existe, pesa en la conciencia histórica, mucho más que lo que existe.
Y aparecen los fantasmas de antaño, un Mohamed VI, Ceuta de Don
Julián y la Melilla de Prim y Primo de Rivera. Reaparecen los USA, los
holandeses, y todos nos preguntan ¿Qué sois y adonde estáis?
Cuando se habla del “lado correcto de la Historia” uno se inserta en el
marxismo más o menos moderado. Esa posición obedece a una sociedad
y a una mentalidad que tampoco existe.
No hay otra ideología hoy en día que el deseo de bienestar y de
conservar el bienestar.
Nos encontramos con dos mentalidades en conflicto, la de los
políticos que piensan como en el siglo XIX y la propia de una sociedad
que sólo piensa en vacaciones y en el “finde”.

Hay minorías selectas, élites, pero no tienen el poder y tampoco su
vocación es tenerlo. Son las pymes, profesores, ingenieros, funcionarios,
empresarios.
¿Quién tiene el poder?
Hay un poder aparente que no ha aprendido en más de una década, ni
a mandar ni siquiera a defraudar a Hacienda.
Le llueven catástrofes y se le plantean decisiones de envergadura y
solamente saben echar las colillas bajo la alfombra.
Como en otras épocas, se consigue el mayor número de enemigos
posibles y se arroja en los brazos de los enemigos de sus anteriores
amigos.
En el siglo XVI, había potencia, en el XIX, lágrimas y hoy, miedo.

Una democracia sin jueces

 Artículo publicado en el periódico Ideal, agosto 2026


Desde el punto de vista de la eficiencia política, el poder encuentra

en los jueces un supervisor que controla al Ejecutivo con la Ley y la Ley

con la Constitución.

Si por eficacia entendemos la rápida ejecución de los Proyectos

gubernativos sin límite en las Leyes y/o en la Judicatura, el problema

entonces es de definición: saber qué es una democracia.

En la Historia política de la Humanidad ha habido de todo, pero una

democracia que no tenga que rendir cuentas y con la intención de

permanecer así indefinidamente, siempre se ha denominado con el

nombre de dictadura y en Grecia de tiranía.

Hay formas de democracia directa que todos conocemos: la

comunidad de vecinos y el régimen asambleario en el que ya no se trata

de propietarios sino de ciudadanos sin oficio ni beneficio y que debiera

funcionar como la seda.



Cuando no hay oficio ni beneficio emerge la serpiente del liderazgo,

de acaparar la atención, de ser el más listo o el más hábil o el que tiene la

capacidad de tener millones de visitantes en su web.

El régimen asambleario tiene vida en la calle donde no se juega nada,

pero en cuanto se constituye en partido, deriva a la dictadura o a ser

títeres del poder.

Esto de la política no es para el común de los mortales sino para unas

minorías con muchas virtudes y muchas habilidades.

Por eso se ha inventado la representación, en donde los mandatarios

no son los que mandan sino unos mandados que tienen como oficio

comandar conviviendo con los demás representantes.

El enigma de la representación permite entender tantos garbanzos

cociéndose en el mismo puchero y lejos de los representados que sólo

huelen el cocido en pequeñas dosis por los medios y las redes.

La representación es un intermediario entre los votantes y el poder

que resulte al final del proceso electoral. Tienen la obligación de llevar la

voluntad del que le ha votado al Parlamento.

Esa voluntad, lógicamente, no es la voluntad concreta de cada

individuo sino la genérica que representa el programa del partido al que el

representante pertenece.

En nuestro sistema, manifiestamente mejorable, el ideario del partido

lo interpreta el jefe de partido y todos los representantes votan

ciegamente lo que su jefe les ordena.

Entre la conciencia del líder y las conciencias de los millones de

electores sólo puede haber, de facto, una comunicación. Se le deja al jefe

la total libertad y se reserva cada cuatro años, el poder de sustituirlo.

La coordinación entre el Legislativo y el Ejecutivo, las listas de

candidatos las aprueba el Partido cuyo jefe será el del Gobierno o el de la

Oposición, en su caso. Por tanto, el Legislativo depende del Ejecutivo y

de las combinaciones más o menos aberrantes que éste haga con las

minorías y que no recaba la aprobación de los representados.

Sin embargo, la Judicatura es un Cuerpo de profesionales de lenta

formación y que escapa de la elección, a veces, en favor del mérito y del

escalafón.

En este sentido, el Poder Judicial, constantemente amenazado de

politización, es el único órgano del Estado que se rige por las Leyes que

él no ha elaborado y que guarda distancia con los intereses del mercado,

en el que, ni profesional, ni jurisdiccionalmente puede entrar.

Los Tribunales, están fuera de la lucha de partidos y pueden

mantenerse más libres de los intereses particulares.

No son elegidos democráticamente, precisamente, para que los que sí

son elegidos por el pueblo, no acaben representándose a sí mismos.

¿Un Papa comunista?

 Artículo publicado en el periódico Ideal, agosto de 2026


La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ha dado pasos de gigante,

especialmente a partir de S. Juan XXIII que recibió el calificativo

inmerecido de “comunista” por parte de la Derecha y los grandes

detentadores del Capital. Le sigue San Pablo VI, Benedicto XVI y

Francisco que sufrió los mayores epítetos, dado su característico

temperamento.

La DSI, sin embargo, es clara y nítida.

Y ha sido el Papa León XIV quien a propósito de la IA la ha vuelto a

exponer, actualizándola dado el estado actual de la economía y la

tecnología, unidas indisolublemente al capital, como lo viene haciendo

desde el siglo XVIII.



La diferencia esencial y a la vez simple, entre el concepto marxista de

la economía y la DSI, es el concepto de “trabajador”.

Para Marx, el capitalismo liberal absorbe la plusvalía que en buena

parte produce el trabajador y en vez de llegar a un reparto de beneficios,

considera el salario un coste que debe disminuir en favor del beneficio

empresarial. Este planteamiento no tiene nada de revolucionario, sino que

se limita a describir los hechos.

El capitalismo hace del trabajador una pieza de la máquina de generar

riqueza y por exigencias del sistema tiende a generar paro por imperativo

de la ley del máximo beneficio.

La lucha de clases, supone la subsunción de los trabajadores en su

clase y la persona se subsume en la masa sufriente de la humanidad

explotada. Este “hombre masa” no es una persona individual sino aquella

parte de la humanidad que debe sacrificarse por sus hermanos según una

mística revolucionaria. La “masa” es un concepto de la física newtoniana

ligada a la fuerza y a la energía: En la lucha callejera vemos como la

revolución es la suma de “masa” e ideología.

Los papas reconocen desde León XIII, los hechos manifiestos de la

explotación y contemplan en el paro, la creación de un “ejército de

reserva”, que hoy en día, pueden ser los jóvenes, dispuestos a aceptar

cualquier trabajo a cualquier precio.

La visión cristiana de la empresa se centra en lo que se entiende por

fin último de la economía. El “desarrollo integro de todo hombre y de

todos los hombres”.

Mientras el comunismo ve en la lucha de clases un conflicto cósmico

entre el Bien y el Mal que le lleva al exterminio del capitalista en una

guerra sin piedad, la DSI concibe la empresa como una estructura

formada por personas, que son, cada una de ellas, algo sagrado.

Al constituir una empresa el fin no puede ser crear riqueza sino

conseguir el desarrollo integral de todos los miembros de la empresa.

En el planning de las empresas, el objetivo debe ser crear puestos de

trabajo que permitan una vida digna de los trabajadores y sus familias.

Eso hace que el beneficio no sea el fin de la empresa sino el medio.

Es una doctrina que se propone, no se impone y que descarta el

conflicto y la acción violenta.

Si el capitalismo acumula riqueza -hoy más que nunca- para beneficio de

unos pocos, la concepción cristiana pone en el centro la persona, su

progreso y su desarrollo.

La empresa debe nacer con una hipoteca social, con un coeficiente de

gratuidad y un cambio de mentalidad en donde el beneficio es el medio y

la persona es el fin.