La
ciencia desde el siglo XVII, siguiendo el sentido mágico de la visa establece
una conexión entre causas y efectos lo más inmediata posible. La perfección de
esta actitud consistiría en que las cosas sucedieras inmediatamente que nuestro
pensamiento decidieran que ocurrieran.
Esto
ocurre, por ejemplo, cuando en la vida
ordinaria queremos ir a un lugar, lo decidimos y nos ponemos en marcha. Para
ello el centro de toma de decisiones del cerebro debe transmitir la orden a
través del sistema nervioso al sistema óseo-muscular.
Si
queremos ir lejos y tardar lo menos posible, inventamos automóviles o aviones.
La técnica es el mediador que pone a nuestro alcance la realización de nuestros
deseos. Esta actitud mental genera el hábito de la conexión fácil entre el
pensamiento deseante como causa y la consecución de lo pensado como efecto. Si
se rompe la conexión, es natural registremos un sentimiento de frustración o de
fracaso. La ciencia y la técnica nos han mentalizado con la idea de que todo lo
que deseemos es posible obtenerlo e
incluso de que tenemos derechos a exigirlo.

La
técnica es la realización natural y ordenada de la magia que viene a ser su
prehistoria. Esto se evidencia más nítidamente, en lo que se refiere al
postulado ideal de que nuestros deseos quieren ser causas inmediatas de
resultados inmediatos.
El
individuo humano en medio del Cosmos tiene un poder muy limitado que afecta a
su entorno más o menos cercano y que la técnica puede ampliar en cantidad e
intensidad. Le queda pues, un infinito margen de situaciones que le afectan y
sobre las que carece de conocimiento y de control. El aumento gracias a la
ciencia de su poder, fomenta el hábito de
centrarse en lo que está en su mano y prescindir de lo que no está en ella.
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Viñeta tomada de La tira de Malagón |
Lo que
está a nuestro alcance lo está no sólo individualmente sino por medio de los
intermediarios sociales, el mayor de todos el Estado que tiende en el modelo de
Estado del Bienestar a facilitarnos con el menor coste posible lo que no
podemos conseguir individualmente o que nos sería menos cómodo obtener. Fuera
de este espacio de feliz conexión entre causas y efecto, queda el horizonte a
alcanzar colectivamente por el avance de la ciencia, de la técnica y de la
organización social.
En
estas circunstancias, Dios no hace demasiada falta porque los deseos materiales
son más menos cubiertos y el hábito de
que el deseo alcance mecánicamente su objetivo tiene un alto índice de
probabilidad.
La
relación del hombre con Dios y viceversa no se guían por el modelo mecanicista
propio de la magia y de la técnica sino por el modelo quede la libertad que
tiene tres referentes: la gracia, el mérito y la responsabilidad.
El
hombre debe saber que de antemano todo
le llega gratis, su vida y el entorno que le permite vivir, no es un producto
de su acción ni de la humanidad en su conjunto. Las medidas precisas de
gravedad, temperatura, atmósfera, etc. pueden variar muy poco y no depende de
nosotros como tampoco depende nuestro nacimiento y muerte. En este sentido
vivimos gratis, todo es gracia. Este hecho fundamental no lo interpretamos en
el marco de una conexión causa-efecto, precisamente, porque se nos da
gratuitamente, o sea sin una contraprestación por nuestra parte. En el contexto
de la causalidad rige el principio de acción y reacción de modo que la causa
sufre el efecto de su efecto, así el organismo vivo y su entorno interactúan y
son causa y efecto, en las dos direcciones.
En el
mundo de la gracia que tantas veces se ha comparado con la acción del sol, el
sol nos baña de luz y calor sin pedirnos permiso y sin coste. Nosotros apenas
podemos afectarle. La luz y la bondad de Dios son así e independientemente de
que se crea o no la recepción de bienes en esta vida que nos permiten vivir ni
dependen de nosotros ni podemos pagar precio por ellos.
Existe
pues dos territorios, el de la gracia y el de la causalidad cuya prehistoria es
la magia y cuya realización es la técnica.
Una
consecuencia de esta realidad es que la gracia y la magia se mueven en terrenos
no sólo distantes sino antagónicos. Si los efectos conseguidos son por arte
mágica no son por gracia. La gracia no admite mediadores en este sentido. Todo
es gracia significa que también las facultades humanas con las que alcanzamos
ciencia y técnica son gracia. Las artes mágicas escapan de la gracia y de la
ciencia porque se mueven en la irracionalidad entre la superstición y la
probabilidad.
Es
notable que esta condición del hombre en el Cosmos no se rija por una lotería
imprevisible en donde los criterios racionales o morales estén excluidos sino
que el sol permite la vida, la luz ilumina la oscuridad, la fotosíntesis
oxigena la atmósfera y todo lo demás. Todo está ordenado hacia una finalidad
biológica que además en el caso humano genera el mundo del sentido y del
proyecto.