domingo, 3 de noviembre de 2019

La sombra de la piedad

Artículo publicado en el periódico Ideal, octubre de 2017

Hay gente que sigue amarrada a la infalibilidad de las leyes de la historia y del progreso indefinido. No importan las evidencias en contra: el Muro de Berlín, la caída de la Unión Soviética, el 11 S y el avance del islamismo, o la precariedad salarial e incluso en España.
Los argumentos que justifican la excepcionalidad de estos sorprendentes hechos que nadie previó, no debilita la fe inquebrantable de quienes aseguran que vamos a mejor “por definición”.
En algún sentido, también los cristianos, creemos que vamos a mejor: Vamos a mejor si nos comportamos honestamente, amando realmente a los demás como a nosotros mismos; una fórmula que Kant asumió así: “no tratar a los demás nunca como medios sino como fines”.
El Papa Francisco, aunque habla muy bien italiano, no es italiano sino argentino. La espontaneidad, la expresividad, el sentimiento que abre todo su interés prioritario por los pobres y los débiles, son no sólo cualidades de un buen cristiano sino que en él, es el sello de la personalidad de su pontificado, un período dinámico, conflictivo y lleno de claros y sombras.
 El residir en un hotel y no en los palacios vaticanos ya lo dice todo. En su momento explicó: “es una cuestión de psiquiatría”.
En una reciente entrevista publicada en el “New York Times”, Francisco, tomando el toro por los cuernos ha dicho que “no tiene miedo a los cismas” y añade en otro lugar de la entrevista: “Lutero fue condenado tarde cuando ya el protestantismo estaba extendido en Europa”.
Ocurre que en los países ricos y por más de una razón, Francisco suscita recelos.
Unos, lo consideran cercano al comunismo, otros, intransigente con el pansexualismo y demasiado tradicional en la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio. En esos países en donde la jerarquía goza de financiación estatal o está bien dotada económicamente, no dejan de disminuir el número de fieles.
María, la Madre de Jesús, que era una fiel laica, como su marido José, era “una del grupo” de los discípulos de Jesús, la primera en la piedad filial de sus hijos, y que huyó con Juan cuando arreció la persecución de Herodes que decapitó a Santiago.
En María, la Iglesia primitiva veía lo más cercano a Jesús y no sólo por cercanía de sangre sino de espíritu.
Nadie en la Iglesia más alabada, la más santa entre todas las criaturas pero nunca se le ocurrió decir Misa, la fracción del pan, porque no le tocaba y punto.
Las leyes de la historia, dicen, que siguen su paso irresistible y debe haber cambios porque si no se cambia, se queda uno inmóvil y nada más inmóvil que un muerto. Piden un cambio de estructura de funcionalidad y de personas pero no un cambio de conciencia, de conversión de las personas.
En la Iglesia se puede cambiar de boina, de carruaje y otras muchas cosas que se supone que se deben cambiar para no asustar a los niños. Hay cosas que son los muros maestros de la  comunidad y de la que en la prensa protestataria se habla poco: oración y sacramentos.
Cuando se pierde la fe, las catedrales se venden, los monasterios se cierras y sólo queda una sombra de piedad: la política eclesiástica.
Cuando se vive la fe, los seminarios se llenan, las vocaciones llueven y se abren monasterios de clausura. Así lo vemos en África, la India e incluso el Viet-Nam o en Lerma.
La Iglesia sólo es Iglesia si es una en su diversidad. Cualquier otra opción se autoexcluye de la comunidad de los Doce, con Pedro a la cabeza.
Es una cuestión de profesionalidad.
 En la Iglesia hay muchos oficios y ministerios que no se adquieren en concurso público sino por vocación. Son los pastores llamados por Dios mediante la designación de la autoridad legítima. Cada uno ocupa el lugar que tenía cuando fue llamado. Si los doctores se hicieran misioneros, nos quedaríamos sin doctores, si los misioneros aspirasen a ser miembros de la Curia, no habría misioneros, si las mujeres quisieran ser hombres, no habría probablemente ni mujeres ni hombres.
Los laicos somos llamados a ser laicos y no clérigos o asimilados a clérigos. Bastante tiene cada uno en hacer progresar su propio oficio y tarea. Somos los destinatarios de las funciones ministeriales. No nos preocupa en absoluto no celebrar misa como tampoco lo hicieron José y María.
Nuestro apostolado tiene la misma independencia y libertad que tiene nuestra profesión.
El horizonte de los laicos es un mar sin orillas.
En cuanto bautizados somos ungidos como reyes y profetas y como sacerdotes      que participan del sacerdocio común, no del ministerial. Son los atributos de todo bautizado que no se hace visible por distinciones y honores sino con obras.
¿Quién soy yo para opinar sobre el celibato o sobre sacerdocio femenino? No tengo ese don ni lo deseo porque  bastante tengo para mantener la lucecilla de la fe  en un lugar oscuro. Aquello es cosa del Magisterio   
¿Tan difícil es comprender que no hay dignidad en la Iglesia superior a la de ser bautizado? Todas las demás son sólo servicios que se edifican sobre el Bautismo.
¿A qué viene, querer ser más?
El desorden es la marca del mal, lo propio de toda descomposición.

  

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