Artículo publicado en el periódico Ideal, el 20 de diciembre de 2015
Hay sueños y sueños. Los unos son materiales y
desempeñan un papel importante en la neurofisiología del cerebro. Los otros son
espirituales y han tenido gran
importancia en la historia, la ciencia o el
arte. Sin soñar, nadie se escapa.
Se puede ver un video en donde el Papa Francisco,
dirigiéndose a los jóvenes, con esa voz susurrante e íntima que le personaliza,
les insiste en que no dejen de soñar, es bueno soñar, es imprescindible.
Sigmund Freud, fundador del Psicoanálisis hizo de los sueños
su materia de trabajo y construyó sobre ellos una especie de metafísica
antropológica del Ego. No son éstos los sueños de los que habla Papa Francisco.
Los mejores sueños son los que se nos dan despiertos y que
tienen un privilegio respecto a los que tenemos cuando dormimos.
Podemos soñar en volar o en representar un personaje de
Shakespeare. Estos sueños de los dormidos nunca se realizarán por dos razones:
no son racionales y además no están sujetos a nuestra voluntad.
El sueño de los despiertos es a los que se refiere el Papa y
tienen la ventaja que no son películas de imágenes como ocurre en los sueños de
los dormidos sino que tienen argumento, coherencia y nuestra voluntad puede rechazarlos
o intentar realizarlos.

Los jóvenes deben soñar pero es necesario explicar de qué va
su sueño.
El rasgo más importante es que la base de la ensoñación como
la del enamoramiento se funda en la inexistencia de la cosa misma. Precisando
más, para soñar como es debido es imprescindible, no poseer lo que se sueña y
no tener ni idea de cómo conseguirlo.
La imaginación del
despierto despega suavemente desde la realidad física que es tremendamente
conservadora y se lanza a imaginar lo imposible. En general, este modo de soñar
no se encuentra en la madurez porque el adulto no tiene tiempo y si es muy
adulto le cansa el vivir.
Le cansa porque ha perdido la capacidad de soñar.
El sueño sin duda es la antesala de la fe, porque no hay
soñador más grande que aquel que espera la resurrección y la vida eterna.
El Papa Francisco es un soñador nato y a la vez, actúa
conforme a sus ensoñaciones de la manera más diligente y eficiente. Si alguien
le escribe sobre su problema, puede esperar rápida respuesta o si se descuida,
se puede encontrar con Francisco llamando a su puerta. No se descarta porque la
ubicuidad ha sido una sorprendente capacidad de algunos santos.

La ventaja –teórica- que tiene la juventud es que aparece en
entregas sucesivas. Cada generación tiene sus jóvenes y por lo menos al nacer,
están limpios, nuevos.
El problema no son los jóvenes. Tampoco los estudiantes,
sino los profesores. Tampoco los ciudadanos sino los gobernantes.
Son los soñadores, el mayor capital que posee la humanidad.
Se atreven a todo, suben y bajan, vencen y fracasan y siguen soñando porque el
horizonte, el cielo, no tiene precio y pertenece de suyo a los que sueñan.
Soñar despiertos se despega de las necesidades presentes,
del pan, del agua y del puesto de trabajo. El que sólo piensa en el hipotético
puesto de trabajo, da por cierto que está dispuesto al mayor servilismo para
obtenerlo.
La llave del futuro la da el sueño porque lo que sueña es
indeterminado, inexistente. Lo único doloroso de la situación es que el sueño propone
una tarea, un esfuerzo, un trabajo indefinido y no precario. El soñador no se
cansa de soñar y como el futuro siempre viene nuevo, se nos ofrece como una
virgen de gran pureza.

Papa Francisco tiene una experiencia profunda de la
naturaleza humana: los hombres parecen malos pero si los comprendes y empatizas
con ellos, pueden volver a la vida.
Sin sueños, no hay historia, ni transformación social,
ningún arte, ni atender al público con amabilidad, ni hacer una soldadura bien
hecha ni aguantar la pesadez del entorno al que hay que volver ligero.
El sueño es el continente del futuro, las Indias para el
caso. Creer en los sueños, promete una paz serena en un mundo, el nuestro, donde
los crímenes de lesa humanidad, son de ordinaria administración.
“Soñad y os quedareis cortos”